Vacaciones
Cerrado por vacaciones, avisan las letras redondeadas y azules, escritas con tinta y deseo, pegadas al cristal, mientras a cientos de kilómetros las manos que las trazaron estarán, en este momento quizá, desplegando una tumbona en una playa abarrotada, con la esperanza ciega de encontrar un hueco, con la misma ilusión de quien intenta encajar la pieza correcta en el puzzle equivocado. Cerrado por vacaciones, lee el paseante sediento y solitario -ni siquiera su sombra- que atraviesa a media tarde la ciudad abandonada, con el desierto en la garganta, incapaz de encontrar un bar abierto, un puñado de baldosas con grifo de cerveza y un ventilador generoso. Cerrado. Por vacaciones.
En invierno, las cinco de la tarde es esa hora cambiante en que los niños arrastran mochilas y lloran por una merienda dulce que nunca llega, el momento en que el sol comienza a hacer las maletas y se dispone a echar el pestillo al negocio, cuando el barrio es un hormiguero de abrigos que camina a unas clases particulares, vuelve de un trabajo ingrato, olvida manzanas en el supermercado, unos besos en el banco del parque y vigila de reojo y con envidia las promesas envenenadas que despachan las agencias de viaje.
Esa misma calle, idéntico escenario es el que se regala al sol en verano, cuando las cinco de la tarde se convierte en el virus que contagia la gripe a las aceras, la lengua de fuego que lame los bordillos, el océano de lava en el que apenas se ven niños, tan solo un viejo que tropieza con el bastón y lleva el primer botón de la camisa desabrochado. Y un trabajador del Ayuntamiento que se pasa la mano por la frente mientras un ejecutivo con corbata refresca su sonrisa con el aire acondicionado del taxi.
El principio del verano, con esa apariencia estúpida de las promesas de la primera cita, un paréntesis en forma de descanso, un cerrado por vacaciones estampado en los cristales, es el momento en el que hacemos la quiniela en el calendario, esperando un premio que nunca llega, un peluche hueco y desinflado. Disfrazamos las ilusiones con pantalones cortos y zapatos descapotables, suspiramos por los bombones en minifalda que se derriten a media mañana y desaparecen de tus noches solitarias. Abrimos las puertas de par en par para que haya corriente y quizá entre alguien con un hola de regalo. Madrugamos para disfrutar de la brisa tonta y despistada de los amaneceres. Alargamos la noche para compensar las horas muertas de la sobremesa y abrimos, mientras dormimos, las ventanas a la madrugada para que los sueños entren en nuestro dormitorio y puedan concedernos siquiera las migajas de esos planes secretos y lejanos, imposibles, que un dÃa dibujamos, entre bufandas y guantes, frente al cristal empañado de una agencia de viajes. Tan lejos la playa hoy como entonces. Y la ciudad, cerrada por vacaciones. Feliz verano.
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