Sin afeitar
Cumplir años se está convirtiendo en un fastidio. Esta mañana ni siquiera me he afeitado. Tengo para mí que es muy bonito y tal lo de celebrar la vida. Hasta lo digo convencido cuando es algún amigo de los buenos el que celebra su día. Pero llega el mío y, oye, como que me da pereza. El rollo ese de los regalos, de invitar a unas copas, el jaleo que se monta en mi móvil, la vida que se descuadra, el puzzle de sensaciones…
Es por eso que este año me he propuesto no hacer planes. Celebraré mi cumpleaños según venga, sin un horario a seguir, sin citas de compromiso, sin otro interés que hacer de mi día uno más; cotidiano y diario, dejándome querer por teléfono, por mail, cara a cara, pero sólo con los que se crucen hoy en mi existir. En plan relajado.
Me tengo dicho que los momentos más especiales son los que surgen sin guión, los que vienen dados por el encuentro espontáneo, las cervezas repetidas y esa visita que sabías iba a llegar pero que había quedado sepultada por los compromisos que te van asaltando cada minuto. En serio.
Ni siquiera lo celebro en exclusiva con los más míos, que son los de verdad. Como coincide con el de mis sobrinos y hermanos, lo hacemos de una tanda. Y esa responsabilidad que se te quita de encima. Y esa alegría que se multiplica en los ojos de mi Beatriz, en la sonrisa de mi Álvaro. Al final va a ser mentira eso de que a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos.
Voy a poner algo de Sabina que no me suene a propaganda electoral, me voy a meter bajo la ducha para cantar un dueto con mi cedé me vestiré de estreno con los regalos textiles y cogeré el coche para ir a ninguna parte, al encuentro de un día inolvidable, con el eco de la primera victoria de la selección, soñando con un título en baloncesto, desconectando del trabajo y dejándome vivir por un día. Sin que sirva de precedente. Y todo sin afeitarme. Como si no tuviera tiempo, como si le diese un papel secundario a la pereza en la película de mi cumpleaños.
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