Fosas
Apenas lo reconoces, quizá distingues los ojos tristes que ahora son balsas en una telaraña de arrugas y que entonces miraban a cámara con el mundo en las pupilas, sonriendo a un futuro del que aún no formabas parte. Descubres cómo, a veces, tu abuelo se levanta a media noche, peleando con las sombras de la madrugada y sacudiéndose las migajas del sueño para rebuscar en un cajón de su armario, sacar de allà una caja de zapatos que ya no andan y desenterrar un tesoro en forma de fotografÃas sepia, algunas extremadamente pequeñas y con los bordes recortados tal que sellos, como si los ratones del tiempo las hubieran roÃdo en las alcantarillas de los dÃas, entreteniéndose en las esquinas, en los rostros perdidos de personas que ya no podrán protestar. Los colores parecen cansados después de tantos años y desfiguran unas caras que comienzan a borrarse, porque cada vez hay menos gente que se acuerda de ellas. Desde el pasillo, adivinas una mueca cómplice en el arco ya sin dientes de tu abuelo, sentado en el borde de la cama, en el precipicio de la noche, y aciertas a descubrir una lágrima trapecista y unos dedos temblorosos que acarician el cartón resquebrajado, también con arrugas. Lo sorprendes con la caja en las rodillas y paseando sus yemas suavemente por la superficie, como si con ese gesto invocara a los que ya no están, los animara a despertar y comenzar la jornada, como hace ese pellizco ingenuo que acompaña al buenos dÃas.
Abres al dÃa siguiente ese armario que huele a jabón estancado, que conserva todavÃa los restos de algún naufragio, el desnudo integral de unas radiografÃas viejas y un exceso de gris y negro en los pantalones. Encuentras esa caja debajo de un jersey perfectamente doblado y al destaparla te sientes como el viajero incauto que llega por primera vez a una ciudad y que se cruza con desconocidos, con rostros, con gestos que quizá le recuerdan a alguien, que incluso le hacen dudar de si es o no, porque se parece, puede que sea, aunque estando yo tan lejos, cómo va a ser. Recorres las sonrisas anónimas que alguna vez fueron importantes para alguien, para esos dedos que caminan sobre sus caras y las recuerdan, sonrisas que significaron algo y se llevaron robados minutos, horas, quién sabe si años de las personas que aparecen junto a ellos en las fotografÃas. Sonrisas que un dÃa tuvieron un nombre y un apellido, una voz incluso, un tic incontrolado que despertaba gracias y burlas, una risa contagiosa y explosiva que quedó atrapada en el pasado y que el arte impreciso de la fotografÃa no consigue recuperar. Algunas incluso se repiten en varias, en muchas de las imágenes. Y paseas por ellas como el turista que deambula por una ciudad y cree reconocer en una esquina a la pareja que se encontró en la calle anterior, al anciano que daba de comer a las palomas en otro parque, al niño que jugaba a la pelota cuatro portales más arriba. A lo mejor no son. Pero se parecen.
Y piensas en tus álbumes, en esa colección de fotografÃas que con tanto mimo escoges y colocas, datas incluso, con unos números firmes que temblarán dentro de unos años, cuando alguien te descubra por la noche, de madrugada, viendo fotografÃas viejas, imágenes que descansan en tu regazo y a las que acabas de despertar, sacándolas de la incómoda caja de zapatos en la que duermen amontonadas. Alguien las mirará dentro de treinta años, se asomará a ellas y descubrirá facciones nunca vistas, personas que te abrazan ahora, que son tan importantes como indispensables, necesarias, y que serán para tus hijos o nietos un bulto sin nombre, incapaz el curioso de adivinar por qué esas personas ocupan un lugar destacado junto a ti en los retratos. Tú y todos los que están contigo en las imágenes quedarán sepultados por el tiempo, enterrados en una caja de zapatos, condenados a una fosa común de fotografÃas viejas que algún dÃa alguien exhumará para descubrir un cementerio de cadáveres anónimos.
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