Cajones
Qué tal te va, te pregunta el amigo en el ecuador de junio, asomándose desde el ayer con una cerveza de bienvenida en la mano, frente a frente en el bar. Mucho tiempo sin saber y la necesidad de que una frase resuma meses, que lo consiga en un párrafo, con una respuesta hábil y satisfactoria que ocupe el tiempo justo para que la espuma no se hunda, se diluya y desaparezca en la muchedumbre de las burbujas, en el océano gaseoso de los atardeceres de cebada. Bien, aciertas a contestar después de buscar en tu cabeza como quien remueve desesperado las piezas impares de un puzzle incompleto. Bien, asientes mientras una sonrisa de espuma abraza tus labios nostálgicos. No me quejo. ¿Y tú? Bien, responde. Silencio. Sorbo. Bien, también. Traga. Y desencaja un trozo de papel del servilletero mientras borra de una sola pasada el arco blanco, el eco triste y sucio de la cerveza. Tampoco me quejo. Y la servilleta, doblada sin cuidado, pelota asimétrica y achatada por los polos, termina en el cenicero. Me alegro, le dices. SÃ, contesta. Otro sorbo. Respiráis plomo. Los dos.
Revuelves los armarios de los últimos meses intentando encontrar algo importante, un recuerdo, una historia, un suceso, un beso, una tarde de lluvia lo suficientemente relevante para que sea respuesta y acabe con esa resaca molesta de los reencuentros, el paréntesis yermo que se extiende entre cerveza y cerveza. Abres y cierras los altillos de la memoria, metes la mano, hasta dentro, en los cajones para encontrar tesoros que compartir, pero apenas descubres fotografÃas anaranjadas donde nadie sonrÃe, agendas muertas, compases estropeados que dejaron de sudar tinta y termómetros sin temperaturas. Peonzas que ya no giran. Cordones de zapatos sin ordenar. Reglas y cartabones que dejaron de medir distancias imaginarias. Monedas hoy jubiladas que hace tiempo te dieron de vuelta en el quiosco, cuando las gominolas costaban un duro y cuatro carantoñas al abuelo. El cajón de tu memoria es un aparcamiento de gafas viejas, de auriculares mudos, de naipes sin compañeros de cama, de gomas sin un camino de letras por las que hacer footing, de imperdibles perdidos, de folios que, un dÃa, recién escritos, parecÃan obras maestras. De dÃas que, un dÃa, recién vividos, parecÃan inolvidables, especiales, obras maestras. Buscas hoy, junto a tu amigo, frente a una cerveza, el recuerdo de esos dÃas, pero no aparece, no lo encuentras, enterrado como está entre tantas cosas inútiles que guardas en los cajones.
Pues nada, dice él, mientras te rescata de tu excursión por las páginas pasadas. Cuéntame algo, te dice. Y sólo aciertas a meter la mano y sacar un objeto, el que sea, un un bolÃgrafo que apenas pinta, por ejemplo, un boli usado que tienes que calentar con tu aliento para despertarlo y con el que terminas, mal que bien, por poner color a la tarde. La misma tarde, que en unas horas, por la noche, encontrará acomodo en un rincón oscuro y caótico del desorden de tu memoria.
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