Zócalos
Siempre recordaré aquella madrugada de adviento que conocà a Magallanes en el Bel-Luna. Me fijé en él porque tuve la extraña sensación de que la barra terminaba en la turbia penumbra de un tipo consumido por su sombra y envuelto en el humo de un cigarro que iluminaba de ámbar su barbilla. Eran cerca de las cuatro, y habÃa comenzado el desfile fúnebre de hombres solitarios y mujeres de ayer que salÃan en silencio y sin prisa del club, después de haber desovado los recuerdos en los estribillos de las canciones de Tom Waits. En los rescoldos de la noche, Magallanes y yo entablamos una conversación agridulce como su mirada de cartón piedra.
Me sentÃa solo y hundido, acuchillado por las cortinas que velaban sus ojos, pero me resultaba agradable compartir las ruinas del pasado y constatar que la depresión y la voz de la caÃda no llamaban sólo a mi puerta. Me contó Magallanes, aquella madrugada de adviento, que habÃa nacido un cuatro de julio a unos pasos del Bel-Luna, en una casa con vistas al mar, pero que sin embargo tenÃa un corazón de invierno e interior, como la planta de mi sala de estar.
- Sólo una vez he pisado la playa San Lorenzo -me confesó entre dos tragos- fue una noche de estrellas ausentes que cogà un puñado de arena para reponer la que habÃa perdido el reloj con el que mido el tiempo de cocción de los huevos duros, que gotea secano. ¡Joder! Era tan desagradable sentir esa humedad bajo mis pies descalzos que desde entonces camino por los zócalos.
Después supe que Magallanes se encerraba en casa durante los meses de calor, y sólo salÃa cuando el viento del nordeste soplaba con la violencia suficiente para que la inercia le dejara a los pies de la barra del Bel-Luna. Hace años que no le veo, pero no puedo evitar recordarle cuando los rayos de sol con rostro de bochorno anuncian la inminente llegada del verano.
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