Digital
Jacobus Henricus Van’t Hoff fue un químico holandés que obtuvo el premio Nobel en 1901. Dice la enciclopedia que fundó la estereoquímica y elaboró una teoría sobre la formación de los yacimientos de sal potásica. Vale. Si buscas una imagen suya en el google, te saldrá una fotografía, sólo una y siempre la misma, en la que el hombre, el premio Nobel, aparece con un significativo tupé despeinado. El escritor Unai Elorriaga ha dedicado un libro a esta instantánea, El pelo de Van’t Hoff. Le llama la atención al personaje de la novela el hecho de que el premio Nobel apareciera con esas pintas. “En el siglo XIX la gente no se hacía muchas fotografías. Media docena en toda la vida, como mucho. Por eso se ponían terriblemente elegantes para las fotografías”. Y por eso se extraña de que Van’t Hoff se asome a ésta, sólo una y siempre la misma, despeinado, cuando sabía que esa podría ser la única fotografía que le iban a hacer nunca, para siempre. Aunque se hubiera llevado el premio Nobel.
Hay otras personas, quizá porque no han ganado nunca ese premio, que cuidan más esos detalles. Como Juan José Millás. La fotografía que aparece en su libro sobre Nevenka Fernández ha sido rescatada de los altillos mudos de un álbum en blanco y negro. El libro es del 2004, pero el escritor que saluda desde la solapa parece hacerlo desde una década anterior. Cuando alguien se ha hecho muchas fotos a lo largo de su vida, aunque no sea químico ni Nobel (o quizá precisamente por eso) está en condiciones de elegir con qué imagen de sí mismo quedarse. Y puede que esa sea la de hace diez años.
Esta capacidad de elección, de construirse a través de los retratos, se ha intensificado con la revolución digital. La fabricación de recuerdos es muchísimo más manipuladora que con las cámaras normales. Con éstas, la creación del personaje que es uno mismo se hacía a través de una sonrisa y una pose, con un guiño, una mano en el hombro que, atrapada en imagen, parece un gesto robado a la amistad, pero que, al otro lado de la frontera del negativo, podría acabar con esa mano a la altura del hombro, apretando fuerte el cuello ajeno hasta llegar al final. A la nada. Tan felices en la fotografía. Y sin embargo.
Con la digital la manipulación da un paso más y es capaz de eliminar el recuerdo a los pocos segundos de haberlo amasado. Si la construcción ficticia que es toda fotografía no me satisface, basta con dar a un botón para activar la marea nerviosa que borrará los torpes trazos de arena de la playa. Si una foto no me gusta, si un gesto no es favorecido, un solo clic pone a funcionar el olvido… y el tiempo perdido hará el resto. Ya no es necesario que se vuelvan amarillas, ni destrozar los negativos. Las fotos hechas y no deseadas van al limbo de una papelera inexistente. Es una pena que, con esta obsesión nuestra por pasear dientes y simular, nadie llegue jamás a conservar una foto suya con la sonrisa despeinada, el flequillo desatado, el vestigio de aquella mañana triste en que le dieron el premio Nobel.
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