Copias
Hace más de un año que no voy al cine. Por lo que parece, no soy el único. El último informe de la SGAE (siglas tras las que se esconde una mafia que vela por los intereses de la familia y el perjuicio general) asegura que en el 2003 hubo un 16% menos de espectadores en las salas. No es una tendencia aislada, sino que se repite en muchos otros países. Cada vez vamos menos al cine, y muchos de los que acuden no lo hacen solos. La tradicional fila de los mancos ha cambiado los magreos por otros actos -algunos dicen que impuros- y que se llevan con el mismo sigilo. Aunque de vez en cuando te pillan. La semana pasada Min Jae Joun fue detenido en un cine de los Ángeles llamado The Grove mientras grababa con una minicámara La pasión de Cristo. Rubén Centeno hacía lo propio con El Álamo. Son los héroes de los piratas de agua dulce, los que arriesgan el pellejo para que luego cientos, miles de internautas puedan ver esas pelis con una calidad deplorable, con las toses y las risas que debían escucharse en esa sesión de un cine de Los Ángeles. Cada vez vamos menos al cine, pero se ven más de esas películas en casa.
Lo entiendo perfectamente. La pasión por la sala y el doble ’surraun’ es la perpetuación del mito de que más vale grande, ande o no ande. El tamaño, amiguitos. Lo que vale no es la película, sino el ritual de verla en una pantalla gigante, con un sonido acojonante y rodeado de desconocidos que, como tú, han pagado porque le cuenten una historia. El argumento es lo de menos, lo que importa a muchos es el sitio en que se lo cuentan. Hay peña que prefiere ver la última estulticia en un cine (porque es última y es en un cine) que una obra maestra en casa y DVD. Ir al cine (los hay que lo hacen rigurosamente todos los viernes o sábados) es claudicar ante la presión publicitaria, escupir sobre lo que de arte queda y comprar entradas y palomitas para satisfacer las pulsiones del último trailer, venderse a las generosas estrellas de Fotogramas y aportar euros anónimos para que una gilipollez de luz y sonido sea la película más taquillera en su primer fin de semana. Defender que una película es mejor en una sala de cine que en una pantalla televisiva es como asegurar que una canción de Radiohead, por ejemplo, tiene más calidad con el volumen de la minicadena a 30 que a 25.
Esos datos de la SGAE (mafia, repito) se completan con otros en los que se dice que ha bajado lo recaudado por la venta de discos, pero sube la pasta que se embolsan por los conciertos y la música en directo. De esto me alegro. La diferencia con el cine es que a un concierto no vamos a ver una copia, sino que acudimos por el original. Hay gente que todavía no lo entiende y acude a una parada de la gira de su cantante o grupo favorito para escucharle hacer los mismos ejercicios vocales, las mismas florituras que en el disco. Y si no es igual igual igual que en el cedé se mosquean. “Mírales qué cabrones”, escuché a unas niñas al final de un concierto de Estopa , “cambian las canciones para que no podamos cantarlas nosotras”. Pobrecillas, snif. Hay gente tan pendiente de la copia que no tolera las pequeñas variaciones. La culpa la tienen los propios artistas (o quienes manejan sus hilos de marioneta triste) que han permitido que esa versión omnipresente se pasee por las radios y sobre todo televisiones con la excusa del playback y la ventriloquia. No les basta con vender la copia en compacto sino que pretenden rentabilizarla al máximo y hacer que nos la traguemos con cada una de sus apariciones públicas. A un escritor no se le perdona que repita dos veces la misma charla (lo hizo Cela hace unos años y se le echaron los leones encima), pero nadie dice nada porque los cantantes reproduzcan su cosa en todos los platós de televisión. Cuando ellos mismos explotan la copia hasta la extenuación y reducen a eso su valía profesional (o lo que sea que hagan) -incluso hay conciertos tipo 40 principales que impiden al cantante mostrar su voz y encadenan playbacks, uno detrás de otro, mientras sólo cambia el jambo que guiña el ojo desde el escenario-, cuando la propia empresa musical pretende vivir de una copia repetida hasta cansar, no sé de qué se extrañan de que la gente, el público, haga lo propio y se apodere de una de esas copias que ellos mismos defienden con su comportamiento. Si lo que me venden es la copia, ¿por qué no hacerme con la copia de la copia… que no se distingue apenas del original copiado? Un lío. Si las discográficas no se lo toman en serio y continúan, en su mayoría, tratando al público como gilipollas, no hay mejor revolución que la de devolverle la jugada con su propia moneda a los mercenarios de la música. Discos piratas, pero música en directo. Y que cobren el IVA que les salga de las canciones.
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