Balcones
De amores en la quijada de los edificios, la mandÃbula saliente de la fachada, está llena la literatura cortesana, y la escena del balcón era esperada con ansia por unas manos enamoradizas, dispuestas a encontrarse para dar su aprobación. Los balcones como barra de discoteca, sillón apartado de los bares donde arranca una aventura incierta de corazones y labios desatados. El mejor relato de Almudena Grandes es la historia de dos balcones gemelos que se miran, cada uno desde un lado de la misma calle. Es un cuento. Ahora casi nadie mira, los ojos de los apartamentos suelen estar cerrados, sobre todo en las ciudades. Y las familias les ponen prótesis acristaladas y los revisten de aluminio. Gafas para no ver.
Camina el solitario por el Paseo de Zorrilla y descubre la sonata fúnebre de los balcones huérfanos. VacÃos. Casi muertos, si no fuera por el adolescente herido que apura el último suspiro de humo antes de volver a enterrarse en apuntes. Por la mujer acelerada que le quita las legañas a los cristales y se apresura de nuevo al interior, protegida, allà dentro, lejos de ese territorio de nadie que son los balcones. Sin la intimidad del hogar, sin el placer callejero e indocumentado de las aceras. En la frontera.
Los balcones de las grandes ciudades son desiertos de hielo, ojos ciegos por los que nadie, apenas nadie, se atreve a mirar. Mucho menos a dejarse ver. Es mayor la fascinación las ventanas televisivas, las pantallas del móvil y el ordenador, que los sucesos vivos, imprevistosen al otro lado del cristal, a centÃmetros escasos de tus narices.
Por eso sorprende el descubrimiento inesperado que muchos madrileños han tenido este fin de semana. Exploraciones guiadas al territorio inédito de su vivienda, apenas dos metros cuadrados de baldosa virgen, colonizada por unos minutos para sumarse a una fiesta ajena. Y luego volver al sofá, a seguir mirando. Y en muchos de esos balcones, las cámaras de televisión instaladas, los ojos prestados que roban imágenes para que podamos seguir mirando por otras ventanas (por la tele se ve mejor), asomándonos al marco invisible de cristal lÃquido y olvidando, casi para siempre, el placer sin horas de asomarse al balcón, sentir el aire, el deseo inquieto de que alguien aparezca y te invite a bajar.
Es una pena. Los balcones ya no tienen macetas. Tienen mando a distancia.
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