Respiro
La diaria mecánica de los kioscos, que abren y cierran sus párpados metálicos con la cadencia repetida e invisible de la rutina, la vida bailando al compás de un metrónomo cojo, se tomó un respiro el sábado. Los titulares abandonaron su disfraz de imprescindibles, por un dÃa, perdonaron al paseante sus gritos de tinta fresca con el volumen a cinco columnas. Se agradecen esos momentos de silencio mediático, cuando las rotativas paran y las radios duermen en su letargo de domingo futbolÃstico. Es en esas mañanas en las que nacemos huérfanos de las noticias del otro, en que la dictadura de la actualidad ordena a sus tropas de ondas y papel replegarse por unas horas, cuando uno deja de mirar por ojos ajenos y descubre que lo importante rara vez asalta la primera página de un periódico. La primavera nunca abre los informativos -aunque la alergia nos declare su guerra sucia y bacteriológica- y la espuma de la cerveza y la conversación de anoche se pierde en los múltiples rebotes de los sordos ecos de sociedad. Lo que nos ocurre no aparece en la prensa. Como mucho, lo que otros creen que nos ocurre, el recuerdo de lo que fue o el avance de lo que será. Y a eso, le llaman actualidad.
La semana pasada me detuve en una entrevista con el escritor Rafael Argullol. DecÃa, o quise entenderlo asÃ, que la noticia es el egoÃsmo colectivo. Al modo en que el ególatra inyecta sus conversaciones con sobredosis de yo, droga dura, las sociedades hacen lo propio con las noticias, el relato sobre ellos mismos. Un periódico, a partir de ahÃ, serÃa algo asà como la colección de los cromos repetidos de un pueblo, o lo que sea, que se mira constantemente al ombligo. Para contarse.
Y sin embargo, tengo la sensación de que en realidad las noticias, más que herramientas para ese contarse son, en ocasiones, anestesia para evadirse. No hojeamos los periódicos para recrearnos en lo que somos (a lo mejor es por eso por lo que se hacen, pero no por lo que se consumen). Lo hacemos para mantener las manos ocupadas, envueltas en unos guantes de papel, y no encontrárnoslas cuando nos sentamos a leer, gracias Barreiro.
En la lucha sorda de los titulares, que pelean entre sà para conseguir un hueco privilegiado en las primeras, en la alfombra de papel caduco que cada amanecer extiende el quiosquero a la puerta de su negocio, las treguas son bien recibidas. De vez en cuando es sano perder de vista a los charlatanes, imaginar que los polÃticos cuentan sus mentiras al espejo aburrido de sus baños, los deportistas duermen a su familia con frases estúpidas y los periodistas recitan sus columnas huecas en voz alta, imaginando que alguien les aplaude cuando entonan el punto final. Y es ése el momento para estudiarse las manos, planear encuentros, conversaciones, partidillos de fútbol, declaraciones de amor y de guerra que nunca saldrán en la prensa. Porque lo importante rara vez aparece. Respiro.
El pasado sábado los kioscos se despertaron -sin abrir sus ojos, sin desplegar el toldo de sus pestañas- con el periódico invisible que deberÃamos leer más a menudo. La suscripción no debe ser muy cara.
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