Escaparate
| Escondo en unos guantes marrones unas manos torpes que agarran con fuerza el paraguas. El mercurio tÃmido se repliega en su fiebre de azules invernales y el calendario llama a gritos a ese sol en pubertad que deberÃa levantar la falda a las niñas y jugar a las casetas de feria con el termómetro, haciendo fuerza con sus rayos martillo para que suba la marca hasta el gong de las buenas temperaturas. TodavÃa no ha llegado el dÃa en que el mapa, avergonzado de rojos, anuncia la primavera desde el telediario. Anudo las palabras de humo de esta mañana con la bufanda que no estrené en diciembre y las camisas mancas duermen sepultadas en un cajón impar de mi cómoda solitaria. La voz de Florenci Rey flota en una telaraña de isobaras, esos lazos invisibles que amarran el frÃo, traidor, -el frente se arrastra de espaldas-, y que llega tarde, cuando nadie le llama, para segar los primeros brotes de los árboles desnudos. Vuelve el invierno, anuncia la radio, con el micrófono en el retrovisor. Desde el otro lado, los maniquÃes sacan su lengua de plástico. Y aquà fuera, las lolitas caminan sin piernas.
El Paseo Zorrilla es hoy un almacén de abrigos viudos que atraviesan abril avergonzados, conquistadores de un territorio que no es el suyo. Que no deberÃa serlo. Los abrigos. La primavera sonrÃe, enjaulada, desde su pecera de cristal, con ese aire ingenuo y cortefiel que tendrÃa que haber pasado ya a las calles y se repliega aún en los escaparates, como anuncios irónicos del tiempo que no llega, de la bolsa de patatas que sabemos encima del armario y que apenas alcanzamos, ni siquiera encaramados a un taburete, con los pies en punta, las manos alzadas, descosidas casi del cuerpo. La calle siempre es el eco de un escaparate muerto, y éste la guarida de un tiempo pretérito que saluda desde el reverso del calendario, desde el interior de una bola de cristal que anuncia los tirantes y bermudas que hoy son imposibles. Mirar un escaparate, y más, entrar en la tienda y desnudar las perchas es un ejercicio de anticipación. El probador, una máquina del tiempo. Y los maniquÃes, cadáveres sin sexo portadores del deseo inútil. La primavera siempre llega más tarde, la camiseta nunca sienta tan bien. Y la bolsa de patatas, cuando por fin es alcanzada, suele haber ya caducado. Feliz primavera. |
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