Astenia
Me preocupaba desde hacía varias semanas el comportamiento alicaído y taciturno de Mendoza, el portero de mi edificio. Siempre ha llevado una vida tranquila, sosegada, al baño maría, pero en los siete años que lleva viviendo con nosotros jamás se ha estropeado el ascensor, ni he encontrado una mota de polvo en las escaleras o se ha perdido el aroma de las lentejas en el rellano.
Mendoza siempre ha tenido la palabra precisa, el gesto oportuno y la mirada cómplice las tardes que llego hundida en mi abrigo de astracán de la oficina o las mañanas que voy a llevar a los críos al colegio después de una noche en vela al lado del desconocido que ocupa el cuerpo de mi marido desde hace ni me acuerdo.
Pero, de un tiempo a esta parte, Mendoza se venía equivocando con el reparto del correo y ya no me enseñaba sus dientes impares por la mañana. Parecía haberse visto inundado por una mudez primitiva y agria.
Una compañera del departamento de recursos financieros de la empresa, con la que quedo para comer vegetales los martes después de la clase de alemán, me comentó que odiaba esta época del año, porque su cuerpo no se adaptaba y le vencía la pereza. Astenia primaveral, se llama. Inmediatamente me acordé de Mendoza escuchando con la mirada perdida las conversaciones de los otros conserjes del barrio, por lo que decidí comprarle unas vitaminas que le hicieran salir a flote.
Ayer llegué tarde a casa porque tuve una reunión muy importante en la octava planta (eso en mi empresa es lo máximo, ya no se puede soñar más alto) por lo que llamé a la puerta de Mendoza, que ya había concluido su jornada laboral. Me abrió vestido con una camiseta interior blanca, un pantalón corto y descalzo. Parecía recién salido de una postal de La Habana, su ciudad. “Le he comprado esto, Mendoza, son unas vitaminas para que se recupere de su astenia primaveral”. Mendoza miró el frasco de grageas y luego me traspasó con los ojos y la voz “Lo siento, doña Pilar, yo no necesito eso. Lo que a mí me sucede no se cura con una pastilla cada ocho horas. Necesito ver a mi familia y la luz. Creo que son demasiados siete años en este entresuelo del que huyen despavoridos los murciélagos”.
Después Mendoza cerró la puerta, yo guardé las pastillas y esta mañana cuando venía al trabajo y le vi con la escoba sentí que trataba de limpiar el polvo de los recuerdos. Pobre Mendoza y pobre de mí, que no sé cómo deshacerme de estas vitaminas que han impregnado de olor a farmacia mi bolso favorito.
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