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8 Febrero 2012 – 14:40 | Sin Comentarios

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La inconsolable tristeza de cosechar un solo punto en la visita a El Sadar

Escrito por davidbarreiro el 1 Marzo 2004 – 09:20Sin comentarios

La vida se construye a base de pequeñas pero sólidas gilipolleces. Edificamos nuestra existencia a partir de tonterías que, una tras otra, nos invitan a que el tiempo pase para así no tener que atormentarnos pensando qué coño pintamos aquí, en medio del tablero.

Todas las mañanas, cuando voy con el sentimiento de culpa, la sensación de extravío y el pudor del fracaso camino del trabajo, me paro ante un Renault Clío azul metalizado para pegar con mis dedos índice y corazón una pegatina del Principado de Asturias que está perdiendo la adherencia en su esquina superior derecha. Cuando termino miro mi obra durante un instante y sonrío como si acabara de plagiar un Van Gogh o puesto a dieta un Botero. A los dos pasos pienso que me falta un verano, pero al día siguiente hago la misma operación. Y si una mañana llego tarde al trabajo -dos sábanas pegadas- y al pasar por esa calle el Renault Clío azul metalizado no está, me tiro todo el día de mal humor, pensando que la pobre pegatina pueda morir en el suelo de un garaje o en el arcén de la M-30. Soy así de imbécil, que le voy a hacer. Tampoco me paro a pensar que el dueño del vehículo y de la pegatina pueda ser un capullo de mierda o un Ministro de Defensa, no sé, y que en el fondo quizá merezca que la pegatina se le despegue de una puñetera vez.

La vida son estas absurdeces. Quién entiende si no que pongas una lavadora de ropa blanca, metas un par de calcetines de deporte, los típicos con la raya azul y la raya roja, y salga sólo uno, por más que busques el otro y metas la cabeza con el casco de minero y todo en el tambor. No aparece, el muy cabrón. Es una gilipollez, pero pasa. Y no un día, ni dos. Pasa siempre, coño. Yo tengo la hipótesis de que existe un territorio mítico donde se encuentran los millones de calcetines desparejados que nunca salen de la lavadora, junta a otras cosas inútiles como las primeras rebanadas del pan Bimbo o los funcionarios de Correos.

Pero el mayor grado de subnormalidad vital lo padecen esos tipos, como un fontanero de Rivendel amigo mío, que se pasan la semana amargados porque el Real Madrid ha empatado cero cero en el Sadar o porque Guti padece un proceso gripal. Él no se da cuenta de que el tal Guti, o el que sea, no sabe lo que es madrugar, sufrir, pasar hambre o pensar, mientras que él tiene que ahorrar para llegar a pobre, y al otro lado del rellano los gritos de los últimos meses se han dejado de oír de repente porque su vecino ya ha conseguido matar a su mujer a hostias.

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