Ketchup Christi
La Pasión de Gibson no es el quinto evangelio, que sólo es una pelÃcula. Una representación literal y fiel de los capÃtulos correspondientes a las últimas horas de la vida de Jesús. Dos horas en las que litros de ketchup y torrentes de salsa de tomate encharcan las pupilas del espectador. Una reproducción ad pedem litterae de los Evangelios. De unos textos escritos para un público determinado en una época concreta con el fin de recordar la figura de un hombre tan grande que era Dios. De un tipo que por su radicalidad y coherencia entre lo que decÃa y lo que hacÃa consiguió que muchos le siguieran con la intención de ser perfectos, radicales, coherentes y dioses como él y su Padre lo eran.
La Pasión de Gibson no es sólo una pelÃcula, que es también un negocio. La campaña holliwoodyana de poderoso y aplastante márketing hizo correr el rumor de que la jerarquÃa católica estaba en contra. Después vinieron las alabanzas de la curia romana. Antes del estreno, las quejas de la comunidad judÃa que parece sentirse acusada del deicidio. A mà no me lo pareció, ya digo que es cuestión de pasta, de conseguir publicidad gratuita, de crear polémica e incitar al gran público a pasar por taquilla, cotizar en euros y no poder tragar las palomitas ante la indigestión de ketchup que chorrea el celuloide.
La Pasión de Gibson no es únicamente un negocio, que es también un arma arrojadiza. Porque los sectores más tradicionales del orbe católico ven en esta cinta de actores rebozados en salsa de tomate poco menos que un nuevo sacramento. Y no debemos caer en fanatismos. El cine sólo es una industria. Un negocio que se vale de sentimientos, de creencias o de lo que sea menester para engordar las arcas de un grupo de personas que generan un producto cultural. Lástima que en esta ocasión el converso de Gibson no haya aportado ninguna lectura actual del Evangelio y la presencia de Cristo para nuestra vida cotidiana, para los que nos levantamos a las siete de la mañana, para los que encendemos velas en estaciones de trenes y rezamos en una capilla de barrio; para los que bendecimos la mesa con una sonrisa de agradecimiento y denunciamos las injusticias con un minuto de silencio, con un artÃculo sosegado, con el pan nuestro de cada dÃa; y sólo sean dos horas de tortura y muerte con treinta segundos de resurrección. La Pasión de Gibson es sólo cine, ni siquiera del bueno.
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