Goles al terror
La misma sensación, idénticos sentimientos. El dÃa después de la masacre en Madrid cogà el cercanÃas para plantarme en Atocha. TenÃa unas entradas para ir al teatro, pero necesitaba expresar mi dolor, hacer algo en ese momento de impotencia desgarradora. LlovÃa mucho, lo recuerdo bien, y en el tren no se oÃa más que el traqueteo de los vagones, el zumbido del aire atrapado en los rincones. Al llegar a la estación, una doble lazada en la garganta. Cientos de velas ardÃan en la entrada. Nombres escritos en trozos de papel, abrazos de dolor. Un padrenuestro musitado en soledad. OlÃa a flores y cera, el silencio era estruendoso. Al fondo, los vagones destrozados, cubiertos por respetuosas lonas, certificaban la realidad de la barbarie, las imágenes vistas en el salón de casa, la historia macabra imposible de aceptar.
El sábado volvió a ocurrir. Esta vez en el Calderón. Faltaban dos chicos del fondo sur. El 11 de marzo viajaban en alguno de los trenes que explotó. El estadio enmudeció. Durante un minuto los casi 40.000 atléticos que acudimos al Manzanares, levantamos nuestro lazo negro en un silencio transparente. Los jugadores, abrazados en el cÃrculo central. 202 velas en recuerdo de cada una de las personas que cogieron su último tren, en memoria de los aficionados de un equipo de fútbol que, como siempre, demostró ser mucho más que una Sociedad Anónima Deportiva.
Un prolongado aplauso dio paso al partido contra el Betis. El sábado no hubo cánticos en el Calderón. Nadie recordó las últimas derrotas del eterno rival, ni siquiera el Ãdolo colchonero, Fernando Torres, pudo oÃr el cumpleaños feliz en las gargantas de su afición. El árbitro se empeñó en estropear la fiesta del fútbol y la solidaridad. Pero no le dejamos. El sábado en el Vicente Calderón, se me pusieron los pelos de punta antes de que rodara el balón. Alguna lágrima saltó los controles de seguridad y en silencio metimos 40.000 goles al terror.
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