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8 Febrero 2012 – 14:40 | Sin Comentarios

No solo indignados: nos contamos por miles los ciudadanos molestos, enfadados, malhumorados, disgustados, irritados, cabreados, hartos de esos representantes políticos (¿nuestros o de los mercados?) que nos toman por idiotas insistiendo en que no hay …

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Cercanías

Escrito por admin el 15 Marzo 2004 – 12:55Sin comentarios

Jueves.
Ella se llama María, pero le llaman ‘peque’, un poco por su estatura (tiene que hacer equilibrios de puntillas para alcanzar las galletas del desayuno), un poco porque fue la última en llegar, una mañana de verano, con lluvia. A él podrían llamarlo ‘El niño’, puede que también aterrizara hace poco y que no sea mucho más alto que ella. Quizá necesita estirarse para coger el bote del colacao. No le gusta el café. A María tampoco. Ella no ha pegado ojo en toda la noche. A él no le ha costado conciliar el sueño. Conciliar. Ella tiene examen, de Cultura Precolombina. A él le han dicho, seguro, que ésta es su prueba. De fuego, su prueba de fuego.

María se ha duchado a las seis y media de la mañana. El grifo de él se había cerrado unos segundos antes, tan sólo unos segundos y el agua que no quiso, que no necesitó, es con la que María se ha lavado su pelo moreno. Ella luego se ha puesto de puntillas para coger las galletas. Él hoy no ha desayunado. Ella ha preparado sus libros, los ha metido en la mochila verde que heredó de su hermano Alonso y a última hora ha metido también la chuleta que hizo anoche, sin estar segura, convencida todavía, de que la sacará en mitad del examen, temerosa de que la pillen, insegura en cada uno de sus movimientos, con la conciencia jugando al billar dentro de su cabeza, no lo hagas, no lo hagas. Todavía no sabe si lo hará.

Él también ha preparado su mochila.

María llega a la estación a las siete de la mañana. Menos un minuto. Falta un minuto para las siete de la mañana le dice el reloj de la estación. Espera no llegar tarde al examen. En su muñeca son las siete y cuatro. Siempre cinco minutos por delante. O casi. Para no llegar tarde. Espero no llegar tarde. Tengo que sacar el parcial, y grabar esta noche Los Serrano, que no se me olvide, que no se me olvide que va Mayta Cápac y luego Cápac Yupanki, y que tengo que comprar el pan, que no se me olvide… y llamar a Luisa, para que me traiga los apuntes. Alrededor de María, como cada siempre, aunque ella apenas repara en ellos, están Juan, y Dimitri, y Eloísa, y Julio y su hermano Antonio y Evelyn, que es ecuatoriana y lleva todos los días a su hijo pequeño, Luis, con ella a trabajar porque no tiene con quien dejarlo. Pero María no sabe cómo se llaman y sólo alguna de sus caras retumban en el fondo de su memoria.

‘El niño’ se podría haber colocado junto a ella, ahora, en la estación. A las siete y dos minutos de la mañana. Le habría dicho buenos días y quizá hasta sonreído. Le habría sonreído. Sin levantar sospecha, le repitieron las últimas semanas. María le contesta, buenos días, y le mira a los ojos. Y le devuelve la sonrisa. Y luego vuelve a recogerse, a acurrucarse en ese pliegue del cerebro en el que intenta atrapar la imposible lista de los incas. Voy a sacar la chuleta, aunque me pillen. No, mejor no.

Llega el tren. A las siete y tres minutos. Cinco más en la muñeca de ella. María sube al vagón, el cuarto, es supersticiosa y maniática, sobre todo los días de examen. Vagón cuatro. Ventanilla. Él sube detrás, pero María no se da la vuelta, ocupada como está, Mayta Cápac y luego Cápac Yupanki. ‘El niño’ mira su reloj. Su muñeca tiene el mismo huso horario que la estación. Vive cinco minutos por detrás de María. Pendiente de cada aguja, descarga el enorme peso de su mochila y la deja junto al pasillo. Vuelve a mirar a su reloj y luego busca con su mirada a la chica que acaba de saludar en el andén, y la ve cómo mira por la ventanilla, mientras susurra nombres raros y toquetea el bolsillo izquierdo de su vaquero, donde esconde la chuleta que todavía no sabe si va a utilizar, si sacará en un acto de valor durante el examen de hoy. ‘El niño’, como le llaman, regresa a su reloj y luego al vagón en el que acaba de entrar. Le retira la mirada a Luis, el hijo pequeño de Evelyn, que le tiende la mano con una sonrisa y le dice hola, o algo, aunque todavía no sepa hablar. Y ‘El niño’ le evita, y busca la mochila que acaba de dejar en el pasillo, y mira su reloj, y luego se dice algo, se diría algo, a sí mismo, algo que para él tendría sentido, mucho sentido, para él y los suyos, y pensaría que está haciendo bien, que está haciendo lo que tenía que hacer. Que no se puede hacer otra cosa. A lo mejor piensa eso, quizá, no lo sé. No soy capaz de imaginarlo, no lo entiendo. Y él no es capaz de reconocerse en ninguno de los que viajan con él, el mismo viaje, en ese tren. Y la máquina se para. Y él mira de nuevo su reloj. Y se baja. Sin mirar atrás. Y mientras el tren sigue camino de la próxima estación, él sale a la calle, saldría a la calle, primero nervioso, quizá, pero poco a poco va tranquilizándose y sus pisadas son cada vez más lentas, sin mirar atrás, perdiendo sólo la mirada en un reloj de muñeca que marca la misma hora que el de la estación. Ya está, se dice. La prueba de fuego, su examen aprobado.Y el lastre de la conciencia, piensa, en la mochila. Por eso pesaba tanto, se dice. Sin mirar atrás. Quizá.

María acaba de olvidar el nombre que seguía a Mayta Cápac. Mierda, voy a suspender. Y saca su móvil para decírselo a Luisa. Eso y que le lleve los apuntes. Busca el número de Luisa en el directorio de su teléfono al tiempo que ‘El niño’ marca una tecla del suyo.

Cuando Luisa descuelga el móvil (es María, ‘peque’, lo pone en su pantalla), sólo escucha el eco al otro lado. ¿María, María? ¿Estás ahí, María? Y la voz, con ese nombre en el aire, la interrogación flotando, el por qué, el quién, el por qué, se pierde en el inmenso silencio que comenzó a envolver Madrid aquella mañana. De jueves.

Viernes.
Llueve. Llora. Paraguas. El espejismo de la unidad.

Sábado.
Reflexión, dicen. Después de varios días de gritos, de banderas que se agitan frente a una cámara de televisión, de palabras huecas, de las promesas que se hunden en las hemerotecas sin que nadie las rescate. Después de la anestesia electoral, de la sobredosis de ruido, de la borrachera de mentiras disfrazadas, de los titulares inútiles. Después, después debía llegar el silencio. Así se planteaba la jornada de reflexión. Supongo que para eso fue pensada. Silencio para compensar los excesos, el sábado como resaca de las caravanas, de las campañas, de los monólogos frente a los debates. El silencio para poder valorar lo que acaba de terminar y para descubrir que casi todo lo dicho es humo. Mi día favorito de la campaña electoral era el día de reflexión. Porque no parecía campaña. Por eso. Y de nuevo el ruido. Y la prostitución del silencio. Declaraciones inútiles y silencio sobre lo importante. Información, la mínima. Lo más sintomático, momentos después de una película no programada (todo vale), sale Zaplana con un fondo que parece de hace veinte años y pálido, como el anuncio de un cadáver político. O algo.

Domingo.
Cambio. Dice Zapatero que los jóvenes le gritaban “No nos falles”.

Lunes.
Jornada de reflexión. A los votantes, el fin de semana no nos dejaron. Para los políticos, también hoy debe serlo.

Dentro de 30 años.
Un libro de historia. Aznar, José María. Presidente del Gobierno español entre 1996 y 2004. Basó su política en el progreso económico y la lucha contra el terrorismo. Llevó a España a participar en la segunda guerra de Irak, aunque la mayoría de los ciudadanos dijo ‘No a la guerra’. Los últimos días de su mandato se produjo un terrible atentado en Madrid en el que murieron 200 personas en un tren de cercanías. Lo reivindicó Al Qaeda, como respuesta a la entrada de España en la guerra. Véase también ‘Prestige’, ‘Manipulación informativa’, ‘Burbuja inmobiliaria’, ‘Urdaci’. Lo mejor de su mandato, las clases de geografía insular. Muchos españoles descubrieron dónde están las Azores y Perejil.

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