CercanÃas
Jueves.
Ella se llama MarÃa, pero le llaman ‘peque’, un poco por su estatura (tiene que hacer equilibrios de puntillas para alcanzar las galletas del desayuno), un poco porque fue la última en llegar, una mañana de verano, con lluvia. A él podrÃan llamarlo ‘El niño’, puede que también aterrizara hace poco y que no sea mucho más alto que ella. Quizá necesita estirarse para coger el bote del colacao. No le gusta el café. A MarÃa tampoco. Ella no ha pegado ojo en toda la noche. A él no le ha costado conciliar el sueño. Conciliar. Ella tiene examen, de Cultura Precolombina. A él le han dicho, seguro, que ésta es su prueba. De fuego, su prueba de fuego.
MarÃa se ha duchado a las seis y media de la mañana. El grifo de él se habÃa cerrado unos segundos antes, tan sólo unos segundos y el agua que no quiso, que no necesitó, es con la que MarÃa se ha lavado su pelo moreno. Ella luego se ha puesto de puntillas para coger las galletas. Él hoy no ha desayunado. Ella ha preparado sus libros, los ha metido en la mochila verde que heredó de su hermano Alonso y a última hora ha metido también la chuleta que hizo anoche, sin estar segura, convencida todavÃa, de que la sacará en mitad del examen, temerosa de que la pillen, insegura en cada uno de sus movimientos, con la conciencia jugando al billar dentro de su cabeza, no lo hagas, no lo hagas. TodavÃa no sabe si lo hará.
Él también ha preparado su mochila.
MarÃa llega a la estación a las siete de la mañana. Menos un minuto. Falta un minuto para las siete de la mañana le dice el reloj de la estación. Espera no llegar tarde al examen. En su muñeca son las siete y cuatro. Siempre cinco minutos por delante. O casi. Para no llegar tarde. Espero no llegar tarde. Tengo que sacar el parcial, y grabar esta noche Los Serrano, que no se me olvide, que no se me olvide que va Mayta Cápac y luego Cápac Yupanki, y que tengo que comprar el pan, que no se me olvide… y llamar a Luisa, para que me traiga los apuntes. Alrededor de MarÃa, como cada siempre, aunque ella apenas repara en ellos, están Juan, y Dimitri, y EloÃsa, y Julio y su hermano Antonio y Evelyn, que es ecuatoriana y lleva todos los dÃas a su hijo pequeño, Luis, con ella a trabajar porque no tiene con quien dejarlo. Pero MarÃa no sabe cómo se llaman y sólo alguna de sus caras retumban en el fondo de su memoria.
‘El niño’ se podrÃa haber colocado junto a ella, ahora, en la estación. A las siete y dos minutos de la mañana. Le habrÃa dicho buenos dÃas y quizá hasta sonreÃdo. Le habrÃa sonreÃdo. Sin levantar sospecha, le repitieron las últimas semanas. MarÃa le contesta, buenos dÃas, y le mira a los ojos. Y le devuelve la sonrisa. Y luego vuelve a recogerse, a acurrucarse en ese pliegue del cerebro en el que intenta atrapar la imposible lista de los incas. Voy a sacar la chuleta, aunque me pillen. No, mejor no.
Llega el tren. A las siete y tres minutos. Cinco más en la muñeca de ella. MarÃa sube al vagón, el cuarto, es supersticiosa y maniática, sobre todo los dÃas de examen. Vagón cuatro. Ventanilla. Él sube detrás, pero MarÃa no se da la vuelta, ocupada como está, Mayta Cápac y luego Cápac Yupanki. ‘El niño’ mira su reloj. Su muñeca tiene el mismo huso horario que la estación. Vive cinco minutos por detrás de MarÃa. Pendiente de cada aguja, descarga el enorme peso de su mochila y la deja junto al pasillo. Vuelve a mirar a su reloj y luego busca con su mirada a la chica que acaba de saludar en el andén, y la ve cómo mira por la ventanilla, mientras susurra nombres raros y toquetea el bolsillo izquierdo de su vaquero, donde esconde la chuleta que todavÃa no sabe si va a utilizar, si sacará en un acto de valor durante el examen de hoy. ‘El niño’, como le llaman, regresa a su reloj y luego al vagón en el que acaba de entrar. Le retira la mirada a Luis, el hijo pequeño de Evelyn, que le tiende la mano con una sonrisa y le dice hola, o algo, aunque todavÃa no sepa hablar. Y ‘El niño’ le evita, y busca la mochila que acaba de dejar en el pasillo, y mira su reloj, y luego se dice algo, se dirÃa algo, a sà mismo, algo que para él tendrÃa sentido, mucho sentido, para él y los suyos, y pensarÃa que está haciendo bien, que está haciendo lo que tenÃa que hacer. Que no se puede hacer otra cosa. A lo mejor piensa eso, quizá, no lo sé. No soy capaz de imaginarlo, no lo entiendo. Y él no es capaz de reconocerse en ninguno de los que viajan con él, el mismo viaje, en ese tren. Y la máquina se para. Y él mira de nuevo su reloj. Y se baja. Sin mirar atrás. Y mientras el tren sigue camino de la próxima estación, él sale a la calle, saldrÃa a la calle, primero nervioso, quizá, pero poco a poco va tranquilizándose y sus pisadas son cada vez más lentas, sin mirar atrás, perdiendo sólo la mirada en un reloj de muñeca que marca la misma hora que el de la estación. Ya está, se dice. La prueba de fuego, su examen aprobado.Y el lastre de la conciencia, piensa, en la mochila. Por eso pesaba tanto, se dice. Sin mirar atrás. Quizá.
MarÃa acaba de olvidar el nombre que seguÃa a Mayta Cápac. Mierda, voy a suspender. Y saca su móvil para decÃrselo a Luisa. Eso y que le lleve los apuntes. Busca el número de Luisa en el directorio de su teléfono al tiempo que ‘El niño’ marca una tecla del suyo.
Cuando Luisa descuelga el móvil (es MarÃa, ‘peque’, lo pone en su pantalla), sólo escucha el eco al otro lado. ¿MarÃa, MarÃa? ¿Estás ahÃ, MarÃa? Y la voz, con ese nombre en el aire, la interrogación flotando, el por qué, el quién, el por qué, se pierde en el inmenso silencio que comenzó a envolver Madrid aquella mañana. De jueves.
Viernes.
Llueve. Llora. Paraguas. El espejismo de la unidad.
Sábado.
Reflexión, dicen. Después de varios dÃas de gritos, de banderas que se agitan frente a una cámara de televisión, de palabras huecas, de las promesas que se hunden en las hemerotecas sin que nadie las rescate. Después de la anestesia electoral, de la sobredosis de ruido, de la borrachera de mentiras disfrazadas, de los titulares inútiles. Después, después debÃa llegar el silencio. Asà se planteaba la jornada de reflexión. Supongo que para eso fue pensada. Silencio para compensar los excesos, el sábado como resaca de las caravanas, de las campañas, de los monólogos frente a los debates. El silencio para poder valorar lo que acaba de terminar y para descubrir que casi todo lo dicho es humo. Mi dÃa favorito de la campaña electoral era el dÃa de reflexión. Porque no parecÃa campaña. Por eso. Y de nuevo el ruido. Y la prostitución del silencio. Declaraciones inútiles y silencio sobre lo importante. Información, la mÃnima. Lo más sintomático, momentos después de una pelÃcula no programada (todo vale), sale Zaplana con un fondo que parece de hace veinte años y pálido, como el anuncio de un cadáver polÃtico. O algo.
Domingo.
Cambio. Dice Zapatero que los jóvenes le gritaban “No nos falles”.
Lunes.
Jornada de reflexión. A los votantes, el fin de semana no nos dejaron. Para los polÃticos, también hoy debe serlo.
Dentro de 30 años.
Un libro de historia. Aznar, José MarÃa. Presidente del Gobierno español entre 1996 y 2004. Basó su polÃtica en el progreso económico y la lucha contra el terrorismo. Llevó a España a participar en la segunda guerra de Irak, aunque la mayorÃa de los ciudadanos dijo ‘No a la guerra’. Los últimos dÃas de su mandato se produjo un terrible atentado en Madrid en el que murieron 200 personas en un tren de cercanÃas. Lo reivindicó Al Qaeda, como respuesta a la entrada de España en la guerra. Véase también ‘Prestige’, ‘Manipulación informativa’, ‘Burbuja inmobiliaria’, ‘Urdaci’. Lo mejor de su mandato, las clases de geografÃa insular. Muchos españoles descubrieron dónde están las Azores y Perejil.
Popularidad: -0%
No hay contenidos relacionados.
