Viajado
Estabas salvado si habÃas conseguido dormir lejos, muy lejos de allÃ, cuanto más lejos mejor. Era el pasaporte que te garantizaba la inmunidad, que te emitÃan para no quedarla, para no ligarla, para no ser el pringado que contarÃa hasta cien con los ojos cerrados. El sorteo –una señora gorda, se fue a bañar, se quitó la ropa, dónde fue a parar– premiaba a aquellos que habÃan logrado llegar, en algún momento de su corta vida, a un paÃs o ciudad donde nadie más hubiera viajado. Lo importante no era lo que allà se habÃa hecho, bastaba con haber estado.
Leo en los periódicos que una agencia de viajes (andaluza, creo recordar) organiza unos paquetes turÃsticos para acudir a Madrid el dÃa de la boda del PrÃncipe. Te garantizan transporte, comida, un buen lugar para ver la ceremonia y, además, aquà está el intrÃngulis de la cosa, un certificado de asistencia, o sea, un papelajo de mierda con el que fardar ante las visitas y garantizar que ‘yo estuve allÃ’. Lo relevante, como en el sorteo de juegos infantiles, no es ir, sino poder contar después que viste las cabezas de quienes sà vieron algo. La cosa se completa con una noticia que escucho en la Ser. Dos hermanos franceses han puesto a la venta cámaras donde las fotos ya están hechas. AsÃ, puedes comprar en Barcelona una cámara con negativos sacados en ParÃs, un suponer, sin necesidad de haber estado nunca allÃ. De nuevo las pruebas. Pero con un fallo, tú no saldrás en las fotos (pero puedes jurar y perjurar que hiciste todas… y por eso no apareces).
Hay gente para la que ya no importa el viaje, sino el relato de haber viajado. Y parece que están más pendientes por construir el cuento que luego narrarán que por irlo construyendo frase a frase y con cada palabra. Cuando hacemos una fotografÃa en nuestros viajes, en las vacaciones, secuestramos un presente para convertilo en parte del relato. Y además un presente la mayorÃa de las veces forzado, con sonrisa, con pose, con una mirada que apenas se fija en el pajarito, pues su objetivo está en el futuro, en el album que enseñará a los amigos. Aquà estuve yo, señalará orgulloso. Y muchas veces, con los años, lo único que quedará en la memoria será esa fotografÃa sepia. Sin olor, sin voces, sin niños que lloran al otro lado de la cámara, sin coches que pasan con la ventanilla bajada, sin el rostro de ese hombre gris (quizá ni siquiera fuera gris) al que detuviste en su camino, al que pediste por gestos, mientras subÃas y bajabas un dedo, que te hiciera una fotografÃa, que robara un instante al presente para regalárselo al mañana. Ni siquiera hoy te acuerdas de quién te hizo la foto. Pero, al menos, en ella sales sonriendo. Lo que queda, al final, no es el ir, sino el haber estado.
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