Javier Ortiz: “Todas las opiniones son publicables, si no incurren en ofensas delictivas”
JAVIER ORTIZ (1948-2009). Comenzó a escribir muy pronto, en revistas antifranquistas, clandestinas. En 1970 tuvo que exiliarse en Francia, donde trabajó como pintor-vidriero y amplió sus estudios de periodismo. A su regreso, ya en 1977, fundó la revista Saida, cuyos principales méritos fueron dos: ser secuestrada varias veces por orden ministerial y ver encarcelados a cinco de sus colaboradores, que asumieron generosamente la autorÃa de un artÃculo editorial suyo titulado «¡Viva la República!». Posteriormente se unió al grupo fundador del diario Liberación, en el que ejerció de redactor-jefe de la sección de Sociedad y de jefe de cierre. Tras su paso por la revista Mar, ingresó en El Mundo e impulsó la edición del PaÃs Vasco. Regresó a Madrid en 1992 como subdirector y jefe de la sección de opinión del perÃdico. Solicitó la excedencia indefinida, de la que disfruta ahora. Continúa como columnista de El Mundo, periódico en el que publica dos artÃculos por semana, hasta septiembre de 2007. Después, pasa a engrosar la plantilla de articulistas de Público desde el primer dÃa de publicación del nuevo diario.
LA ENTREVISTA
1. ¿Qué es una columna?
Supongo que no me pedÃs que os proporcione una respuesta académica. Seguro que hay gente que podrÃa darla mejor que yo. La columna, como género, es como lo que antes se llamaba «la canción ligera». Por muchas razones. Primero, porque tiene una duración casi fija, si es que no fija. Del mismo modo que una canción, para que sea reproducida por las televisiones y las radios y alcance el éxito, no debe tener una duración que sobrepase los 3 o 4 minutos, la columna debe tener la extensión (tirando a escasa) que le viene determinada por la maqueta del periódico, que fue a su vez pensada atendiendo a los gustos y las capacidades lectoras de los aficionados a la prensa escrita. Se parecen, en segundo lugar, porque tienen que desarrollar todas sus potencialidades –pocas o muchas– en ese espacio. Deben cubrir todas las fases del drama (el planteamiento, el nudo y el desenlace) a toda velocidad. La columna es un género especializado. No basta con ser un buen escritor para ser un gran columnista. Y se puede ser un buen columnista sin ser un gran escritor. Todos sabemos de grandes dominadores de la técnica de la columna que nunca han sido gran cosa como novelistas, pese a sus esfuerzos. Como sabemos de más de un correcto novelista que ha resultado verdaderamente penoso como columnista. En mi criterio, el buen columnista es aquel que, amén de sujetarse firme y conscientemente a esas limitaciones, es capaz de ofrecer a sus lectores un número suficientemente amplio –sorprendentemente amplio, a poder ser– de registros. Que puede abordar muchos y muy diferentes temas y que se las arregla para hacerlo en muy diversos tonos: hoy irónico, mañana solemne, pasado abatido, al otro frÃvolo… Nada peor para un columnista que resultar previsible. Debe sorprender: por el enfoque, por el ángulo de análisis, por el tono. En este sentido, bien puede decirse que el oficio de columnista tiene también cierta relación con el de prestidigitador.
2. Publiqué mi primera columna en…
¡Dios mÃo! Ni idea. Llevo más de siete lustros en el oficio. Empecé –si dejamos de lado las publicaciones del colegio y del instituto– colaborando en revistas clandestinas antifranquistas. Asà que seguro que fue en alguna de ellas. Con seudónimo, por supuesto. Pero no recuerdo ni en cuál, ni hablando de qué. Ahora, pensando en ello –es sorprendente: nunca lo habÃa hecho–, recuerdo una columna sobre el domingo sangriento de Irlanda del Norte y la marcha a Derry, y otra sobre las habilidades oratorias del entonces prÃncipe de España… Pero no sé cuál de ellas fue la primera y cuál la décima, o la vigésima. Y menos dónde cabrÃa encontrarlas, si cupiera.
3. ¿En qué se inspira para elegir tema?
Me sirvo, sobre todo, de lo que veo, leo y oigo en los medios de comunicación. Y de la calle. Me gusta escuchar lo que dice la gente e imaginar qué respuestas busca.
4. Alguna columna que me haya traÃdo problemas
Hace 25 años escribà una sobre el recién nombrado rey de España que provocó un largo procedimiento judicial, aunque tanto yo como quienes se declararon coautores del artÃculo–-y fueron a la cárcel por él– nos lo tomamos bastante a coña. Éramos muy jóvenes. Por entonces acumulé un cierto número de sumarios, que se quedaron en nada. Hace tres años escribà una columna sobre Emilio BotÃn que me generó un desagradable conflicto con el periódico. No conservo ninguna. Ni de las de entonces ni de las de ahora.
5. ¿A mano o a máquina?
Siempre a máquina. A veces tomo alguna nota a mano. Pero redactar, redacto a máquina. Lo hacÃa ya antes de la existencia de los ordenadores, pero me apunté a ellos desde que aparecieron en el mercado. Necesito ver la forma escrita para hacerme cargo de lo que estoy escribiendo.
6. ¿Censura o autocensura? ¿Hay asuntos de los prefiere no escribir?
Hay asuntos sobre los que preferirÃa no escribir, pero lo hago, aunque me traiga problemas. La única autocensura que me impongo es la conciencia que tengo del nivel polÃtico y cultural del público lector. Si creo que algo no lo va a entender bien, por la forma o por el fondo, me retengo. Pero, por lo general, sólo para decirlo de otro modo.
7. El mejor columnista de España es o ha sido…
Técnicamente, Francisco Umbral. Sin duda. Se sabe los trucos del oficio mejor que nadie. ¡Qué pena que no esté de acuerdo con él en casi nada! (Él siempre me ha tratado con deferencia. Se ve que el respeto profesional es mutuo.)
8. La libertad de opinión tiene como lÃmite…
De un lado, el Código Penal. Obligatorio. Del otro, la ética personal. Obligatoria.
9. Nunca serÃa columnista de…
Jamás me he planteado asà el oficio. Porque esto es un oficio. Es como si le planteas a un mecánico: “Nunca repararÃa motores de…”. Supongo que el dilema se puede resolver fácilmente invirtiendo los términos: nunca serÃa columnista de un medio que no me aceptara como columnista. (Lo cual se traduce en una lista casi interminable.)
10. ¿Todas las opiniones son respetables?
No. Todos los opinadores son respetables, porque tienen sus derechos, algunos de ellos fijados por la ley. Y todas las opiniones son publicables, si no incurren en ofensas delictivas y tienen un cierto interés potencial. Pero respetables, ¿por qué habrÃan de serlo de antemano? Ese es un privilegio que tienen que ganarse negro sobre blanco, sobre el papel.
ENLACES RELACIONADOS
-Página web del escritor
-ArtÃculo en wikipedia
-Su blog, ‘El dedo en la llaga’, en Público
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