Gangrena
María, 62 años, se negó a seguir caminando mientras su pie descansaba en casa. Tenía el derecho gangrenado, los médicos no le dieron opción. Había que amputarlo. Si no, ella moriría. Hacía meses que los zapatos eran una sombra en su armario, que sus sobrinos usaban los calcetines ya inservibles para hacer marionetas mudas, que alquilaba sus medias a un ladrón de sueños imposibles para darles alguna utilidad. María, cuyo nombre no es María, María es un invento de los medios para referirse a ella, miraba en su espejo los pasos perdidos y decidió, si sus pies no podían avanzar, que ella pararía con ellos. Murió la semana pasada. Septicemia. Ése es el nombre, dice la enciclopedia, que se le da a las enfermedades graves producidas por el paso a la sangre de gérmenes patógenos. El mal comienza en una pequeña parte del cuerpo y termina ocupándolo todo.
Algo parecido ha debido pensar Zapatero, quien ha intentado parar la gangrena carodiana que le ha salido al PSC antes de que el virus se extienda por todo su partido. O se amputa o se muere, le ha dicho el cirujano ZP a su paciente Maragall, aunque a éste le haya salido parte de la vena María siciliana, que se niega a cortar de forma tajante por lo menos sano.
Más sangrante es el caso del PP y de su alcalde de Toques, condenado por abusos sexuales. O el de Ponferrada, culpable de acoso a la concejala Nevenka Fernández. La tenacidad del PP por conservar sus órganos gangrenados, defendiendo lo indefendible para cualquier persona con sentido común (quizá está aquí la clave de sus reacciones), hace que el gesto de la italiana abandone ese aire de romanticismo que asoma en los periódicos para convertirse en una auténtica tomadura de pelo. Sin embargo, parece que ésta y otras actitudes -el chapapote televisivo, los euros escupidos, las mentiras sobre Irak y lo que no es Irak- no terminan de afectar al resto del cuerpo popular y las encuestas lo aventuran, de nuevo, como ganador absoluto de las elecciones generales. La explicación sólo es posible en que, si el partido no muere ante estas heridas, es que la ponzoña no puede avanzar más y ha conseguido contaminar a toda la formación, a todas sus voces, que se solidarizan con la enfermedad que ya les ha consumido. Los vivos saben cuándo alguien ha muerto, pero no hemos descubierto si el cadáver (social, moral) es consciente de su situación. En el cementerio no hay tertulias y los cuerpos no apuestan sus cenizas en las partidas de mus.
María, que decidió seguir a sus pies en el camino hacia la muerte, recibió en sus últimos días una carta de El Vaticano en la que la Iglesia le pedía “reflexión”. Fue una lástima que el cartero no hubiera devuelto la misiva a los obispos, que estos se leyeran y comenzaran a hacer, aunque fuera mínimamente, eso que piden para los demás. Reflexión. Pero claro, la Iglesia no tiene gangrena en los pies que la hacen caminar (aunque también, a la vuelta de la esquina, en Córdoba), sino sobre todo en su cabeza, en su cerebro enfermo, antiguo, de cromañón asocial, en sus ideas injustas, odiosas, reprochables, maniqueas, falsarias. Alguien debería rezar por ellos. Quizá los médicos que sugieren, como le pidieron a María, aunque ella no se llamaba maría, extirpar para sobrevivir.
Y si no, la muerte.
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