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8 Febrero 2012 – 14:40 | Sin Comentarios

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Bajarse al moro

Escrito por santiagoriesco el 9 Febrero 2004 – 11:02Sin comentarios

Viajar es lo que tiene. Se te abre la cabeza a golpe de ladrillazo cultural. A mí me pasa a menudo y es una auténtica suerte. Llegas a una ciudad autónoma como Melilla, en el continente africano, y te traes en la maleta unos cuantos tópicos bien planchaditos que colocas en el armario del hotel para ponértelos en el momento que logras dar esquinazo a las obligaciones laborales. Y zas, ni una. Te crees que vienes sabiéndolo todo y no tienes ni idea.

Para empezar, en esta ciudad que aspira a ser Patrimonio de la Humanidad, hay 65.000 habitantes repartidos en sus escasos 12 kilómetros cuadrados rodeados de Mediterráneo y alambradas con un guardia civil cada cien metros. Lo cachondo es que cada día entran 30.000 personas del vecino reino marroquí para comprar y vender pero, sobre todo, para llenar el depósito de sus Mercedes desvencijados porque el carburante vale la mitad que en su país, igual que en el nuestro. O sea, que Melilla es española desde hace más de 500 años pero los de las estaciones de servicio aún no se han enterado. Lo que cuento, que vale menos de 40 céntimos el litro de gasoil, y con tan poco terreno que recorrer… oye, que te dura el depósito un par de meses sin forzar.

Lo de los regulares es otro cuento moro. Aquí lo que prima son los irregulares. El Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI) está a rebosar y los voluntarios de Melilla Acoge no pueden atender los cientos de solicitudes que reciben cada día.

Tienen en la Ciudad Autónoma tres periódicos diarios, un ramillete de emisoras de radio y hasta un centro territorial de la televisión nacional. Sorprende, incluso, la tele local. Se puede ver, en serio, y hasta entrevistan a Tamara (no la del suicidio, la otra) porque va a poner el careto y la voz para la promoción de la antigua fortaleza militar.

Sesenta taxis, cuatro playas, una estupenda plaza de toros (quizá la única en todo el continente africano), marisco fresco a precio de coste, el tabaco como para morir envenenado sin miedo a la ruina, coqueto estadio de fútbol, un hospital moderno y endeudado, las luces en las calles anunciando el carnaval, la resaca de la fiesta del borrego, riadas de mujeres envueltas en su pañuelo y no menos chilabas ofreciendo frutos secos. Melilla es como para sorprenderse, como para no dejar de descubrirla, como para bajarse al moro sin prejuicios en la maleta.

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