Virus
La agenda de mi correo electrónico es limitada y las entradas se reducen a nombres que conozco, a palabras a las que pongo voz y manos que alguna vez toqué y ahora hacen jogging por un teclado que no es el mÃo. Cada mail que llega es un reencuentro, un paseo por el ciberespacio con unos colegas que no retuercen los dedos para comer pipas (ya no hay bancos en los parques), sino que planean saltos mortales por un bosque de consonantes desordenadas.
Pero de vez en cuando, algún extraño irrumpe en mi rinconcito de Internet, en el tuyo, se cruza en tu camino de kas invisibles para decirte hola, qué tal. Incluso en inglés. Hi. Un nombre desconocido, un intruso que entra en tu vida para descolocar el orden que tanto te habÃa costado encontrar, para soplar por debajo de las puertas y lanzar chinitas a la ventana, para revolver los cajones y descolocar las camisetas de tu armario, para cruzar tus lÃneas telefónicas, ocupar trozos de conversación. Alguien empieza por robarte algo de tu tiempo y termina queriendo alquilarte minutos y horas huecas. Asà es como empieza todo, con un apretón de manos, dos besos en la mejilla, un lazo en las miradas, un brazo que rozas mientras caminas por la calle, una llamada equivocada, un cubata a medias con los hielos desechos, una presentación inesperada, éste es VÃctor, éste soy yo, un mensaje nuevo, un hola, un hi.
La agenda de mi correo electrónico es limitada, pero a veces un desconocido llama al timbre y pide un poco de atención. Para venderme una enciclopedia sin actualizar, una alfombra deshilachada, un cosmético milagroso, una religión sin santos, un libro cada dos meses, una trampa invisible para mi sistema operativo. Beagle es el último virus de la red y se presenta llamando a tu puerta y diciéndote hola en inglés. Cuenta el Centro de Alerta Temprana Antivirus (CATA) que consigue su efectividad porque hace pensar a las vÃctimas que es un fichero inofensivo, que aprovecha para entrar las puertas de atrás y termina por colarse hasta dentro, para desordenar tu ordenador, para trastocar lo que hace unas horas pensabas intocable, para insuflar grados que desestabilicen la salud de tu pecé.
Asà es y asà pasa. Piensas que detrás de ese hola –incluso a veces en inglés– no hay nada más que un vendedor de fascÃculos, una encuestadora sin contrato, una china ciega que espera su turno para comprar el pan, el amigo de un amigo que ha venido de viaje, el compañero de curso al que nunca abrirás la puerta, al que olvidarás dentro de cinco minutos, como si nunca hubiera existido, la chica rubia con la que te cruzas todos los dÃas, el joven que siempre lleva vaqueros y saludas cada mañana en el portal. Hay personas que parece que sólo están ahÃ, en el ahora, para no volver jamás, pero que tienen el virus y te lo transmiten. Hay gente que llama, que dice hola, hi, a la que piensas despachar en un suspiro pero que termina haciendo nido para quedarse en tu disco duro, para colarse hasta dentro, para siempre y hasta mañana, para desordenar tu ordenador. Para ponerle un nuevo orden a tu mundo. Hay virus que dan vida. Hay contagios felices. Asà es.
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