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Sellado

Escrito por admin el 12 Enero 2004 – 12:46Sin comentarios

Mis labios están sellados, sentencia mientras pasa sus dedos inquietos por la cremallera de sus dientes. Y certifica, con ese gesto, el secreto de lo contado. Sellar, lacrar, pasar la lengua por los labios blancos de un sobre que se cierra para no hablar a desconocidos. Las cartas parecen tener el sabor de lo íntimo, contener el ritual del secreto compartido. Escribir una carta es tomar conciencia de que alguien, en algún lugar, merece saber. Sólo esa persona, lo indica el nombre en el sobre, la dirección en el correo electrónico. La carta sellada, como mis labios.

Leo en los periódicos que Lady Di contó en una carta el temor a que su marido le asesinara, un reportaje sobre las novedades en libros de género epistolar, las sensacionalistas noticias sobre las misivas de amor de una famosa locutora de radio ya muda. E intuyo que quizá ninguno de ellos quiso que aquello se supiera, que nunca pensaron que alguien, un tercero, quisiera contar. O sí. Escribir tiene mucho de exhibicionista.

Quizá, el primero en traicionar fuiste tú. Quizá al escribir, al decir, al confiar un secreto ya lo estás rompiendo. Tú quien comenzó a hacerlo público. Escribir una carta, un diario, es un pasaporte para ojos extranjeros.

Tengo amigos que guardan copias de las cartas que envían, que acumulan en una carpeta del ciberespacio los kas que un día regalaron a alguien, como si esa historia también les perteneciera a ellos, a quienes la idearon, y quisieran conservar un recuerdo del cómo fue y el cómo lo contaron. Y creo que la carta nunca es de quien la envía, sino de quien la recibe, que al confiar unas palabras hacemos al otro, al depositario, guardián de los significados que contiene, le damos una llave (sin copia, por favor) para que pueda entrar en una pequeña habitación de lo que pensamos, lo que sentimos. Y quizá no tengamos derecho a reclamarle alquiler. Nadie puede exigir a nadie que no cuente lo desvelado. Es el que escucha quien tiene que valorar si merece la pena callar, corresponder con la correspondencia. No es el que confía, sino el confiado, quien ha de decidir si mantiene el sobre sin abrir, cerrado, como los labios.

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