Natillas
Marco esconde tras su mirada adusta un corazón imberbe. A él la amistad le sabe a sacarina y encuentra que el amor, ese papel satinado del olvido, es un reducto del pasado. Escribió sus memorias una mañana de mierda de un abril sin gloria camino del trabajo, en el reverso de su tarjeta de visita, y se conforma con esperar a que algún dÃa regrese el tiempo de los hoyuelos a deshora y el bálsamo de carmÃn en las heridas. Marco siente desde aquella noche de luna parda y estrellas caÃdas que el frÃo le atraviesa de norte a sur en la soledad arenosa de su cama, a pesar de los dos pijamas de franela y la bolsa de agua caliente en las plantas de los pies. En la oscuridad de su habitación sopla un viento racheado que trae consigo un amargo olor a despedida. Cuando acudió al médico para curarse de aquella gripe alevosa y nocturna, éste le recetó un par de poemas de Gil de Biedma y un barreño donde calentar el mercurio que se pasea impúdico por sus venas.
Hay dÃas que Marco se levanta de buen humor y juega sin hacer trampas a la vida y otros en los que se siente más alicaÃdo y vacÃa sin paciencia las botellas. Marco apenas recuerda ya los ojos velados de Aida, ni su corazón de polen o su caminar modernista. Marco sólo conserva en su memoria de cartón piedra el olor cremoso de la piel de aquella mujer en el instante en que abre con las yemas de los dedos las natillas.
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