Mar adentro
Nací hace cuarenta años y un día en un pueblo en la cornisa del mar con amenaza de tormenta. Recuerdo que, cuando éramos pequeños, a mis hermanos y a mí nos mecía a la hora de la siesta el perpetuo vaivén de la sala de estar y en invierno nos asomábamos a la ventana para ver granizar sal yodada sobre el dique del puerto.
Mi padre era un marinero sin palabras que varaba en casa cada cierto tiempo con barba de tres noches y besos de plancton. Se lo llevó una marea el día de mi primera comunión, aunque en casa quedó durante varios meses la sensación de que seguía faenando en altura.
Mi madre tendía la ropa de toda la familia sobre sedal y sentía que el perfume que le regalábamos cada año por su cumpleaños le barnizaba el aroma del pescado.
Allí crecí, con la vida en temporada baja y el murmullo del mar entonando cantares de rima fácil. En la bahía, que guardaba un silencio pulcro y era respetada por el viento del sur, no había dos granos de arena iguales y anochecía sin prisa.
Aún puedo ver la mirada de estupor de las gaviotas y sentir la humedad en los recovecos de la memoria.
Desde hace varios años vivo en el interior, ajeno a las olas y la espuma, y no hay tarde que no eche de menos la niebla de papel cebolla y el vano intento miope de encontrar la línea azul del horizonte. Hay corazones que se marchitan sin amor y otros que no pueden resistir la agreste vida de secano.
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