Postales
Compartiste tanto que nunca llegaste a pensar en un mundo sin ellos, sin la distancia –como ahora– del aquà y allÃ. Era cuando cada charla tenÃa su voz, y cada fiesta su colocón, y cada examen su llamada el dÃa antes para preguntar qué tal lo llevas. Compartiste tanto que no eras capaz de imaginar el antes y el después, sino el ahora, el mientras tanto, el mañana quedamos, el luego nos vemos, en media hora…
Compartiste tanto que las conversaciones tenÃan habitaciones secretas, puertas de atrás, pasillos ocultos tras la bisagra que es cada conjunción, y que sólo conocÃas tú, y él. Y ella. Códigos secretos, palabras con guiños en cada vocal. Eras capaz de hacer quinielas sin pelearte por la casilla en la que caerÃa la
equis, de recomendar libros que nunca acababan a la mitad, de elegir a ciegas una pelÃcula en el cine, una gominola en el quiosco, una palabra en la confidencia, un partido en la tele, un bar para el café, un abrazo certero en el momento adeucado. SabÃas también cuándo convenÃa el adiós, el vete a la mierda, el cuánto te quiero, el vamos de farra, el tu puta madre, el ya te lo dije, el ya me lo dijiste, el salimos de compras, el luego me llamas, el vale, de acuerdo, luego te llamo.
Y un dÃa ya no están. Compartiste tanto que nunca llegase a pensar en un mundo en blanco y negro, un móvil sordomudo, cuadernos que no tienen sus dibujos y sus firmas en la retaguardia, chistes que no coronan sus risas, fotos en las
que faltan sus dientes exhibicionistas, cumpleaños en los que ya no cantan, ni aplauden, ni te animan a soplar esas velas que pesan tanto, cada vez más.
Pero ahora mismo, en algún lugar, alguien te nombra, te rescata del pasado para regalarte vida, para darte un hoy. Gente a la que recuerdas más joven y con otra ropa. Ya no reconoces esos pantalones, ni ese jersey, y adivinas en la basura la camisa que antes, cuando entonces, se ponÃa todos los sábados por la mañana. Alguien, que quizá no es ella, pero que siempre será, en estos
momentos, llama con sus nudillos en las tumbras de su agenda, despierta nombres, el tuyo, al teclear varios número, tu código secreto, en el teléfono móvil que antes siempre quiso y todavÃa no tenÃa.
Alguien, ahora mismo, en algún lugar, escribe tu nombre en un sobre. Y tu calle y tu piso y tu portal. Todavái se acuerda. Y te dice, con esa letras que es la misma, con esa voz que, pese a todo, no ha cambiado de bufanda. Feliz Navidad, ya te lo dije, luego te llamo, en media hora, qué tal lo llevas. Y próspero Año Nuevo.
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