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Escrito por admin el 22 Diciembre 2003 – 15:05Sin comentarios

Compartiste tanto que nunca llegaste a pensar en un mundo sin ellos, sin la distancia –como ahora– del aquí y allí. Era cuando cada charla tenía su voz, y cada fiesta su colocón, y cada examen su llamada el día antes para preguntar qué tal lo llevas. Compartiste tanto que no eras capaz de imaginar el antes y el después, sino el ahora, el mientras tanto, el mañana quedamos, el luego nos vemos, en media hora…

Compartiste tanto que las conversaciones tenían habitaciones secretas, puertas de atrás, pasillos ocultos tras la bisagra que es cada conjunción, y que sólo conocías tú, y él. Y ella. Códigos secretos, palabras con guiños en cada vocal. Eras capaz de hacer quinielas sin pelearte por la casilla en la que caería la
equis, de recomendar libros que nunca acababan a la mitad, de elegir a ciegas una película en el cine, una gominola en el quiosco, una palabra en la confidencia, un partido en la tele, un bar para el café, un abrazo certero en el momento adeucado. Sabías también cuándo convenía el adiós, el vete a la mierda, el cuánto te quiero, el vamos de farra, el tu puta madre, el ya te lo dije, el ya me lo dijiste, el salimos de compras, el luego me llamas, el vale, de acuerdo, luego te llamo.

Y un día ya no están. Compartiste tanto que nunca llegase a pensar en un mundo en blanco y negro, un móvil sordomudo, cuadernos que no tienen sus dibujos y sus firmas en la retaguardia, chistes que no coronan sus risas, fotos en las
que faltan sus dientes exhibicionistas, cumpleaños en los que ya no cantan, ni aplauden, ni te animan a soplar esas velas que pesan tanto, cada vez más.

Pero ahora mismo, en algún lugar, alguien te nombra, te rescata del pasado para regalarte vida, para darte un hoy. Gente a la que recuerdas más joven y con otra ropa. Ya no reconoces esos pantalones, ni ese jersey, y adivinas en la basura la camisa que antes, cuando entonces, se ponía todos los sábados por la mañana. Alguien, que quizá no es ella, pero que siempre será, en estos
momentos, llama con sus nudillos en las tumbras de su agenda, despierta nombres, el tuyo, al teclear varios número, tu código secreto, en el teléfono móvil que antes siempre quiso y todavía no tenía.

Alguien, ahora mismo, en algún lugar, escribe tu nombre en un sobre. Y tu calle y tu piso y tu portal. Todavái se acuerda. Y te dice, con esa letras que es la misma, con esa voz que, pese a todo, no ha cambiado de bufanda. Feliz Navidad, ya te lo dije, luego te llamo, en media hora, qué tal lo llevas. Y próspero Año Nuevo.

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