Constitución
En mi pueblo, originales, lo que se dije originales, no somos. Comencé a sospecharlo cuando vi que en las fiestas utilizábamos los arcos de luces que ponen en el pueblo de al lado y que en Navidad viene la misma coral de siempre a cantar los villancicos desafinados de cada año (y la cagan en el mismo compás, te lo juro). Después de leer los periódicos de este fin de semana, no es que sospeche, es que estoy convencido, originales, lo que se dice originales, pues no. En mi pueblo celebramos los 25 años de la Constitución con algo nunca visto, una lectura comunada del texto. Esto es, pusieron un atril en la biblioteca, un libro abierto y cada uno de nosotros iba leyendo un artÃculo de la magna carta. Originalidad.
Comenzó el alcalde, que es el que peor lee de todo el pueblo (por algo es alcalde, claro). Y no defraudó. Se trastabilló con lo de “indisoluble unidad” del artÃculo 2. Unas risas… Marco, que quiere casarse con su novio Jorge –su madre ha comprado ya un juego de toallas para cuando llegue el dÃa–, le puso voz al artÃculo 14. «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminacion alguna…» y rabiaba en cada erre y ninguno pudo llegar a distinguir si lloraba o reÃa de sarcasmo cuando llegó a lo de raza, sexo, religión. MarÃa quedó viuda en 1994 y soñaba con mudarse a Madrid para olvidar penas y dormir desnuda con sus perchas libres de negro. Nunca pudo salir del pueblo porque la pensión no le daba ni para un billete de tercera en la Renfe. Le tocó el artÃculo 19.
Mariano, el escritor republicano que hace dos años cerró su revista porque la principal fábrica del pueblo le negó la publicidad («nunca debiste publicar ese artÃculo sobre los vertidos, Mariano») leyó el 20.2. Invitamos a Urdaci para que hiciera lo propio con el 20.3 pero no nos contestó. Le sustituyó Julio, el de la tienda de electrodomésticos, que tiene unas entradas muy propias, y la
verdad es que no lo hizo del todo mal. El 27.4 lo eligió Marisa, que tiene cuatro hijos y un agujero en el banco cada mes de septiembre. Jorge, que quiere casarse con su novio Marco –su madre ha comprado ya una olla exprés para cuando llegue el dÃa– leyó el 32 con ceniza en la garganta. Mario, que siempre quiso ser astrofÃsico y ahora arregla calderas con su padre, le dio a la «libre elección de profesión» del 35. Ingrid, que tuvo que ir a mendigar becas a Francia, mandó una carta en la que habÃa escrito el 42, pero con los acentos al revés. Milagros, que tiene hipermetropÃa (como su madre y sus cuatro hijos, todos con gafas) se acercó de más el papel para poder leer bien el 43 y Miguel, que todavÃa come con sus padres el cocido de los sábados y se pelea con ellos
por el mando de la tele, se quedó con el 47. No tenÃamos princesa para el 57, pero uno que vino del PaÃs Vasco leyó estupendamente lo de las autonomÃas. Con un acento más envidiado…
Originales, lo que se dice originales, no somos, pero nos quedó de bonito… Y la Constitución suena tan bien cuando se lee en voz alta.
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