Blanca navidad
Miguel nunca ha podido evitar fijarse en la osteoporosis de la vida. En los veranos de su infancia, cuando el sol asaba los pimientos al aire libre en su pueblo de Castilla, de él sólo quedaba su sombra en Cinemascope. Con los años, tomó la personalidad de sus abrigos y aprendió a leer en los huecos de las letras. Encontraba más interesante lo que se cocinaba al otro lado de los espejos y se sentÃa seguro con su asimétrica miopÃa.
En navidad, toda la familia de Miguel se reúne para celebrar las fiestas y catar la sopa de marisco, que cada año le sienta peor a la abuela. Él siempre pierde la mirada en las sillas que van quedando vacÃas en las esquinas del salón y nota que cada vez el relleno del pavo sabe más a melancolÃa.
Aún asÃ, trata de defenderse de sus recuerdos con los tópicos y, como sabe que la loterÃa de navidad se reparte mucho, vive el dÃa veintidós con la radio en la oreja y escucha con avidez a que canten su número, aunque nunca juega. No le ha tocado jamás, pero por la tarde compra el periódico por la ilusión secundaria de la pedrea.
También le pone algo de turrón blando a Papá Noel para que recupere las fuerzas cuando descienda hasta arriba de hollÃn de la chimenea, aunque ésta no sea más que una campana muda extractora de malos humos.
En nochevieja Miguel intenta ser feliz, aunque su matasuegras se escacharre al segundo soplo y el confeti le recuerde que nunca ha visto nevar.
Sin embargo, en cuanto entra el nuevo año, Miguel siente la desazón de la oquedad del paso del tiempo en su estómago y no puede reprimir un par de lágrimas con regusto a langostino. Feliz navidad.
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