A la carrera
Llevo unos días que no paro de pasearme por el centro de la capital del Reino (o República, para los que nos leen desde Australia). Conste que a mí me gusta más el himno de Riego el asturiano. Decía que entre pitos, flautas y algún villancico tempranero últimamente me desplazo al centro más de lo que quisiera.
Las microluces de Gallardón ya adornan las principales calles del consumo y hasta van a cortar algunas para que el peatón afloje la cartera sin miedo a ser atropellado. Y, la verdad, tengo que decir que Madrid tiene encanto, en serio. Quizá sea que Alatriste me ha envenenado con un escenario que creía conocer y que ahora me resulta novelesco, es posible que se deba a que mi chica está enamorada de la zona y yo de ella, o simplemente, que se me está pasando la alergia al mogollón humano. Esto último he de reconocer que sólo un poquito de nada. Lo cierto es que pasear por Sol, Carretas, Mayor y Preciados ha empezado a gustarme y me proporciona material para escribir tanto como lo hace Pérez-Reverte. Salvando las insalvables distancias.
Al final voy a tener que saltarme las obras de Atocha y decir sólo cuatro palabras sobre las carreras de inmigrantes (ahora les quieren llamar “nuevos vecinos”). Me pongo a ello. No sé si por la algarabía de la protesta encabezada por María Jiménez o porque la FNAC ya ha enviado su aguinaldo a la Policía Municipal, el caso es que he visto correr a los camellos del cedé en cada esquina del Madrid de Alatriste. Corrían en la Puerta del Sol perseguidos por los munis desganados; corrían en Legazpi con sus hatillos piratas al hombro; corrían en Atocha, entre zanjas y vallas. La carrera del mantero compite con Cortilandia estas navidades madrileñas. Por cierto, acaban de abrir otro cortinglés en Sanchinarro y la Espe dice que pondrá, por fin, el metro en mi barrio. Concluyendo, y con la mente puesta en las cenas que se avecinan, como pierda mi Atleti en la Castellana, me cebo a grabar cedés y me compro un chándal.
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Inaugurando Madrid
Obras, microluces y burbujas