Transiciones
El sábado pasado no lograba dormirme a la hora de la siesta, a causa del café, del goteo mecánico del despertador o de los remordimientos, no sé. Salí a la calle preocupado y al pasar por una tienda decidí comprar una chaqueta para abrigar el sentimiento de culpa. Sin embargo, me fui de allí con una transición. Yo quería desatar el nudo de mi estómago pero el dependiente me embalsamó con una cazadora de entretiempo. Necesitaba un paréntesis y mi mano tecleó una conjunción copulativa.
Es curioso cómo la vida nos sorprende a veces con acontecimientos y objetos que no conseguimos definir. La prenda en cuestión ni me quita el frío del alma ni me aligera el peso de los recuerdos, pero la llevo puesta a todas horas. Mis compañeros de trabajo consideran que es una opción acertada, aunque nadie le encuentra el significado. Por ello, quizá, a falta de una razón científica convincente, explican el fenómeno con refranes. “Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” o “Claro, en abril aguas mil”, como si el plástico que la recubre fuera para la lluvia y no un aislante de mis pesadillas como le pedí al tendero. Yo tampoco le encuentro explicación.
Creo, sin embargo, que en ella se encuentra la parte realmente interesante de la vida. En cierto modo, la gente no se iría de vacaciones a Tailandia sin el suplicio de las veintidós horas de avión y la escala en el aeropuerto de Viena, donde todo es tan caro. La gracia está en la transición. Seguramente, si Bangkok estuviera a dos paradas de metro preferirían veranear en Avenida de la Ilustración, salida Ministerio de Hacienda. Yo personalmente ya estoy preocupado porque sé que dentro de poco pasará el entretiempo y tendré que guardar mi chaqueta nueva en el armario. Me pregunto qué me vestiré cuando llegue el tiempo real. Hasta entonces, disfrutemos del viaje.
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