Puntos suspensivos
Ahora estoy a tiempo de escribir sobre lo que pudo haber sido. Aún no se ha vertido polvo en el camino, ni han cicatrizado las heridas. Ahora que el invierno y la gripe juegan a los barcos con nosotros es tiempo de soñar atardeceres ocres en un vagón desinsectado del metro. Ahora no hay temor en doblar las esquinas sin paracaÃdas. Ya no hay riesgo, no hay deriva para los cuatro mineros prejubilados que juegan al tute en el fondo del Cantábrico. A aquella princesa del callejón, que hablaba francés y cantaba en silencio, el hombre apocado de la barra le pintó los ojos con la tiza del billar. Pasaron los dÃas, y el tranvÃa flamenco siguió extrañando a aquella chica venida de fuera. El teléfono dejó de vibrar y el tiempo pasó al baño marÃa.
Pero, en algún lugar alguien prendió una vela con su saliva, alguien dejó propina al calendario. Ahora puedo recordar el futuro. Aquella chica sudaba nenuco y tenÃa sus manos ocupadas, pincel y tijeras. Consiguió, aunque aún desconocÃa haber heredado los poderes de una bruja de horizonte azul, que aquella noche de agosto nunca se agostara. Su hechizo invisible, su nudo al pecho del grumete amarró el amanecer, y el mar malva, en la nuca invertebrada, no despertó de su siesta.
Luego vinieron las lluvias, que limaron un corazón liviano, poroso y frágil, de piedra pómez. Ella sabÃa que sus ojos no tenÃan réplica en las pantoneras y que su voz estaba más allá de las palabras. También sabÃa que vendrÃan muchos atardeceres grises que aborrecer, pero que en sus lienzos siempre serÃa verano y carnaval, y que no existen las despedidas, solamente los puntos suspensivos.
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