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En el mostrador de revistas de un conocido centro comercial de Valladolid –no diremos que se llama Vallsur para no hacer publicidad- junto al Fotogramas de este mes y el Hola de la Semana, hay un ejemplar de Cambio 16 de marzo de 2001. A su lado, Interviú o Tiempo se hacen un lifting de portada cada lunes, sin embargo Cambio no cambia y desde hace más de dos años repite la misma información, como si el mundo estuviera dormido, como si nada desde entonces hubiera pasado. Es extraño ver en el escaparate de las últimas novedades un yogur caducado que nadie se atreve a retirar, pese a que el moho invade las negritas de cada titular.
Alguien podría comprar esa revista, leerla en casa, y respirar tranquilo porque aún no han caído torres, ni se han casado príncipes, ni han tirado estatuas y matado inocentes en Irak. En ese Cambio de ayer, como en la TVE de hoy, todavía no ha habido huelgas generales ni chapapotes en Galicia; pero las vacas cholas amenazas con una caída del precio de la ternera. Su lector no comerá un filete tranquilo mientras tenga la revista en casa, aunque nosotros le hinquemos sin preocupaciones el colmillo al bistec. Este año en Castilla y León, por ejemplo, ha habido más vacas espongiformes que en el año de la portada de Cambio. Pero a nosotros, plin. Aquello ya pasó de moda.
El lector de ese Cambio 16 es como la madre alemana de Good bye, Lenin!, una mujer engañada por su hijo, quien le oculta la caída del muro de Berlín. Vive sin enterarse de lo que pasa a su alrededor, en apariencia tranquila, pero con la sospecha de que algo ocurre fuera. No le gusta la cama en la que está postrada, suda al dormir entre las sábanas de la ignorancia. Su hijo cree que le hace un favor, no es bueno enterarse de lo que acontece cuando no se está preparado para afrontarlo, piensa. Sería fácil imaginar que un lector de revistas antiguas viva en un mundo adormilado, pero nadie nos garantiza que no nos ocurra lo mismo a quienes a diario leemos la prensa reciente y los informativos recién cocinados.
Con el disfraz de taxista de Julia Roberts, no sería extraño pensar que quizá nada de lo que leemos ocurre, que todos los medios se han puesto de acuerdo para contarnos lo que nos quieren contar, que todas las noches, los directores de los periódicos deciden en videoconferencia lo que es noticia y lo que no, qué hay que soltar y qué ocultar. Pasan la vida por un escurridor y se quedan con lo que sobra, mientras la esencia se escapa entre los dedos invisibles del colador. Colocan noticias en el escaparate y el resto lo guardan en los almacenes, dentro de cajas precintadas y entre los saldos de temporadas anteriores. Y lo que exponen en el día a día es tanto y tan variado que uno duda con qué quedarse. Como un escaparate del todo a 100, que apabulla con miles de objetos para confundir a la gente y ocultar la mala calidad de los productos. Son las boutiques caras las que, orgullosas del género, sólo exponen un objeto tras su cristal.
En el mostrador de revistas de un conocido centro comercial de Valladolid, junto al Fotogramas de este mes y el Hola de la Semana, hay un ejemplar de Cambio 16 de marzo de 2001. Sólo uno pasado de moda. Sólo uno. Y sin embargo. Todo huele a cementerio. A tumbas huecas. A la nada con celofán.
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