La otra Ibiza
Acabo de aterrizar en Ibiza procedente de Menorca. Lo primero que se encuentra uno, después del obligado trasbordo en Mallorca, es la cara de Pocholo. Las vallas publicitarias están tomadas por las jetas de los gurús de la noche, por el careto de los que maquillan con música las farmacológicas nocturnidades ibicencas.
En el largo trayecto aéreo, entre aterrizajes y despegues, saltando de isla a isla, me ha dado tiempo a leer casi toda la prensa nacional, deportiva y regional.
Parece que las bodas son el mejor remedio para olvidar las miserias que los periodistas estamos obligados a denunciar. A eso he venido yo a la isla de los hippies trasnochados, del turismo jaranero, de las playas desmadradas. Porque en Ibiza también hay nubarrones, tormentas y frÃo, mucho frÃo.
El miércoles pasado Cáritas Española presentaba su informe anual denunciando las “camas calientes” en nuestro paÃs. Nada que ver con el cachondeo erótico-festivo que venden las agencias para atraer turismo a la isla de los LocomÃa. Resulta que hay quien alquila las camas por horas, las lavadoras por centrifugado y las neveras por centÃmetro cuadrado. Pero apenas si los medios se han hecho eco de la cosa. Es comprensible. Ni tan siquiera se han escrito un par de lÃneas sobre la negativa del PP a aprobar el Estatuto de los Periodistas para regular esta bendita profesión. En fin, que el tema da para un par de columnas. Por lo menos.
Entretanto aprovecharé para visitar a los presos de Ibiza; para desayunar con un grupo de personas sin hogar, para jugar con los niños abofeteados por la vida; para aprender tolerancia en los cursos de alfabetización junto a las mujeres inmigrantes; para dejarme seducir por la solidaridad de los voluntarios que apuestan por la dignidad, por la justicia, por la igualdad.
Trataré de hacer oÃdos sordos al chundachunda de la farmacopea discotequera sumergiéndome en un par de canciones sabineras, de esas que compuso el de Linares buceando en nuestras miserias.
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