Confesiones etÃlicas
Hay amigos que son personajes de novela. Como Bruno. El muy cachondo no tiene complejos a la hora de “entrarle” a las chicas, como él dice. Y noche tras noche insiste hasta completar las cien mujeres que, según su teorÃa, son necesarias para que una de ellas se sumerja en su cama. Bruno es un crack. Y con un peculiar sentido del humor.
Su alopecia, sus grasas, sus cumpleaños acumulados, no son obstáculo en su brega amorosa. Y cuando recibe cada una de las 99 negativas nocturnas se yergue de dignidad y mirando a su presa antes de que ésta huya le recrimina con altanerÃa: “anda, que estás tú para elegir”. Bruno es incorregible, todo un personaje de novela, de pelÃcula no rodada.
Mi amigo Bruno, por decir algo, es de los que repiten el mismo chiste y siempre te hace gracia. A la segunda copa insiste en otra de sus teorÃas: “Después de las cinco, si es tÃa, mejor”. Y vuelve al ataque sumando entradas en su particular agenda convencido del uno por ciento de éxito. “Las tÃas están desesperadas, sólo quieren caña y yo tengo un cañón”.
Cambiamos de local un par de veces y siempre el mismo comentario: “Esto es un bosque de nabos”. Parece que sus neuronas sólo hicieran sinapsis en el bajo vientre, que sus cuerdas vocales estuviesen conectadas directamente con las gónadas, que sólo pudiera hablar, sentir y pensar con la cabeza de su glande. Pero Bruno no es tonto y de cuando en vez echa un par de paladas al centro de la conversación con un exquisito y refinado sentido común: “A mÃ, lo que me pasa, es que no me quiero enamorar porque en mi corazón caben muchas mujeres; pero de una en una”. Y se rÃe como a la fuerza, con un gesto ensayado, como si midiera el movimiento de cada uno de los músculos de su cara, de su cuerpo. Como si supiera que un cazatalentos estuviera observándole en busca de un protagonista para su próxima pelÃcula. Bruno no se cansa de insistir sin hacer distingos entre sus futuras conquistas. Las mujeres son para él un ritual, una adicción, un deporte de madrugada.
La última copa, como siempre, le habÃa hecho daño. “Otra vez me han vuelto a envenenar”, repetÃa entre dientes con los ojos perdidos en un brillo inconfundible. Abrazándome, con la lágrima puesta y en un susurro confidencial me reveló su verdadera necesidad: “Yo lo que quiero es casarme, tener hijos y una hipoteca que pagar”.
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