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Cartas

Escrito por admin el 20 Octubre 2003 – 14:53Sin comentarios

– “Antes, las cartas pesaban más. Había gente que metía sus sueños en un sobre y lo enviaba dando un beso en el remite. Y ponía sellos. Ahora no tienen sello. Los bancos pagan el franqueo a escondidas, como suelen hacer todas sus cosas. Estoy cansada de repartir facturas. No te deprimas, Lucía, me digo, son los nuevos tiempos. El papel de las facturas pesa muy poco, porque nadie ha untado su bolígrafo en ellas. Mi espalda lo agradece pero, a veces, ¿sabes?, quisiera quedarme toda la mañana bajo la ducha para no barajar cartas con sólo dos palos. Bastos”.

– “Espadas. Abro el buzón esperando besos y sólo encuentro espadas afiladas que se me clavan con sombras de hipoteca. Son la reina de mis pesadillas. A falta de psicólogo, se lo digo a mi contestador automático todos los días desde la oficina. Necesito alguien que me escuche y a quien escuchar. Así me hago compañía. A veces cambio la voz, para engañarme. Imaginar que no soy yo el que habla desde el otro lado del teléfono. Y me digo: Mariano, no tengas miedo. Una vez hasta pensé en escribir y mandarme una carta de amor. Lo haría con la zurda, para no reconocer siquiera mi letra… Nunca llegué a enviarla. Se me olvidó cómo se lamen los sellos”.

– “Repartí la última carta de amor un 4 de julio de 1998. La enviaba un tal Moncho, “tu Moncho”, desde Alicante. Disfrazó las oes de corazones y dibujó un oso de peluche en la esquina superior izquierda del sobre. Si alguien del trabajo se llega a enterar me echan, pero tuve esa carta en mi casa dos semanas enteras, junto al espejo en el que me desmaquillo todas las noches. Tentada estuve, te lo juro, de abrirla. Hasta que un día, ¿sabes? No pude más, y se la entregué a su destinataria. María, “tu maría”. No Lucía. Desde entonces, sólo llevo facturas en el carrito amarillo que arrastro cada mañana. Recibos atrasados y, de vez en cuando, un feliz cumpleaños a los clientes de El Corte Inglés. Sólo en Navidad Unicef me regala una sonrisa y un próspero año nuevo”.

– “Todos los días, antes de coger el metro, miro la etiqueta en el buzón. Me gustaría que por la noche una mujer hubiera escrito su nombre junto al mío. Aquí viven Mariano Fernández y Luisa, Mónica, Almudena… En el Primero C. Pero nadie se ha atrevido a compartir conmigo la cuenta de la luz, la publicidad del Lidl, la revista del Plus. ¿Hoy no hay nada?, le pregunto a la cartera. Creo que se llama Lucía”.

– “No. Nada. Lo siento, le dije. ¿Esperabas carta? Él, Mariano Fernández, lo dice su buzón, un nombre solo, se me quedó mirando un largo rato. No lo sé, susurró. Y mientras yo repartía sobres sin sello, él bajaba las escaleras con grandes zancadas, pisando sólo los escalones impares. No lo sé, volvió a decir antes de salir del portal, camino del metro. Aquella noche, al llegar a casa, un bolígrafo azul empezó a escribir sobre una hoja de cuaderno recién estrenado. Mañana repartiré esta carta. Querido Mariano…”

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